Prisioneros

(Por Víctor Meza) Las recién pasadas elecciones internas y primarias celebradas por tres partidos políticos, dos tradicionales y uno de reciente fundación, han servido para muchas cosas, buenas y malas, alentadoras o frustrantes, positivas y negativas. Pero hay una que me llama la atención y atrae mi interés, tanto político como académico. Se trata de lo siguiente: la forma en que la vieja cultura política, tradicional y premoderna, mantiene encadenada a la nueva cultura democrática que pugna por salir y consolidarse.

Los actores políticos, sean antiguos o nuevos, dan la impresión de estar atrapados en una red de viejas prácticas y falsos valores, característicos de una cultura política diseñada por y para una sociedad atrasada e intolerante, acostumbrada al engaño y la falsedad, diseñada para la mentira y el fraude como categorías institucionalizadas y arraigadas en la conducta colectiva. Las numerosas y vergonzosas acciones de falsificación de datos, manipulación burda y grosera de las actas electorales, manoseo indecente de las urnas y, al final, distorsión abusiva e irrespetuosa de la voluntad de los electores, son la mejor muestra de la prevalencia de costumbres y estilos que se han ido formando gradualmente a lo largo de los años hasta conformar una cultura política antidemocrática y excluyente.

Desde que inició el proceso de transición política hacia la democracia, a principios de los años ochenta del siglo pasado, el país ha seguido un rumbo un tanto errático e incierto. Hemos construido nuevas instituciones, supuestamente para apuntalar la construcción democrática, pero en realidad no hemos sido capaces de crear institucionalidad sólida y viable para una sociedad plural y tolerante.  A esas instituciones les ha faltado la argamasa de la cultura democrática, necesaria para hacerlas sólidas y funcionales.

Son instituciones formalmente diseñadas para favorecer la democracia, pero sin contenido realmente democrático. Más parecen figuras jurídicas que se mueven en el mundo de la ficción y de lo abstracto, el cosmos de lo ilusorio y lo fantástico. Nada real. Esas prácticas de manipulación distorsionadora de los resultados electorales se repiten cada cuatro años y, poco a poco, han ido generando la costumbre, el hábito y, lo que es peor, la aceptación social o la indiferencia de la opinión pública. La gente como que se adapta al engaño y lo considera una práctica válida, hasta graciosa y tolerable. Se premia con el aplauso al activista partidario que rellena las urnas con votos falsos y se considera un buen político al que con mayor habilidad disfraza o disimula el fraude cometido.

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El ciudadano no condena la farsa sino el método utilizado. Se burla del engaño artesanal y grotesco, pero casi elogia y respeta el fraude electrónico y profesional. Los actores políticos, viejos y nuevos, dan la impresión de estar atrapados en las redes del pasado, son prisioneros de una antigua cultura política que no es viable para construir la sociedad democrática y plural que el país necesita y la población requiere. Esclavos de sus propios vicios, se roban los votos entre ellos mismos y acaban creyendo en la supuesta veracidad de sus falsas cifras y porcentajes.

Son, a lo mejor sin saberlo, prisioneros de su propio déficit de cultura democrática. Y, como suele decirse, para construir la democracia se necesitan demócratas. No se puede edificar un régimen político democrático con prácticas autoritarias y fraudulentas. Tampoco se puede superar el conservadurismo tradicional con políticos conservadores y mañosos. Para reconstruir el país o, todavía más, para refundarlo, se requieren liderazgos democráticos, tolerantes, modernos, divorciados de una vez y para siempre de la nociva tradición política que nos ha llevado al punto en que nos encontramos: el país más infeliz de América Latina, según los sofisticados modelos de medición que utiliza la Organización de las Naciones Unidas y los organismos financieros internacionales.

Mientras los partidos políticos no sean capaces de erradicar, aunque sea gradualmente, las prácticas corruptas y mafiosas que caracterizan la gestión de los procesos electorales, no habrá democracia posible en nuestro país, y los actores políticos del escenario local seguirán siendo prisioneros del pasado, esclavos de sus propios engaños, víctimas encerradas en un círculo vicioso de manipulación y farsa. Lo triste es así…

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