domingo, noviembre 29, 2020
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Propaganda electoral y cultura política

(Por Víctor Meza)  La relación entre estos dos factores suele ser más estrecha y decisiva de lo que con frecuencia sospechamos. La una, en  cierta forma, refleja, como en un espejo nublado, las virtudes y defectos de la otra, la condiciona e influye. En alguna medida, la propaganda electoral puede servir como un termómetro para medir la calidad y profundidad de la cultura política.

Y si esto es así, la conclusión que se impone sería la siguiente: la propaganda electoral que a diario sufrimos y soportamos, retrata, con creces y en demasía, los defectos, las falencias y la decadencia de la cultura política imperante en nuestra sociedad. Es  triste, pero es así.

Desde que el cuestionado Tribunal Supremo Electoral decretó  oficialmente abierto el período de la propaganda electoral, y aún antes, mucho antes, la sociedad entera ha estado sometida a un intenso, desbordante e insoportable bombardeo propagandístico para mostrar las virtudes, reales o supuestas, de los miles de ciudadanos que esperan convertirse en candidatos oficiales de sus partidos políticos a partir del próximo mes de marzo. Estribillos sin ninguna gracia, canciones de letra tan insulsa y vacía como sus propias melodías, consignas sin sentido, arengas torpes y vulgares, todo ello, en amasijo nauseabundo, fluye diariamente por los más diversos canales y mecanismos de difusión. A esta avalancha de porquería se suma la proliferación de los rostros, siempre sonrientes, de los políticos, ya sean profesionales o aficionados, que nos quieren convencer de sus bondades humanas y de la sinceridad de su sonrisa. La magia de las nuevas tecnologías facilita la reconversión de las arrugas y el discreto o insolente disfraz de una juventud ya perdida o una antigua belleza maltratada por el tiempo. Hasta en eso, la  mayoría de estos políticos no vacila en acudir a la mentira y el engaño para vender las falsas ilusiones que pregonan. De esta manera, chocante y grotesca, la propaganda muestra los vicios de la cultura política dominante.

meza

Tiene que ser muy débil y precaria la cultura política de una sociedad, si ésta se muestra susceptible y vulnerable ante los cantos de sirena pregonados a través de una propaganda tan cursi como deleznable. Tiene que ser muy corto de razón –o muy agudo– el espíritu creador de los publicistas que diseñan esos lemas y consignas tan burdos como ridículos. Bien puede decirse que cada político tiene el publicista que se merece. Y, por lo mismo,  la justa propaganda que lo enaltece… y también se merece.

Si la cultura política de una sociedad o comunidad humana está  compuesta, entre otras cosas, por valores, tradiciones, estilos, costumbres y hábitos, la nuestra, nuestra cultura política, debe andar muy mal, muy carente de fuerza interior, de fortaleza democrática, de modernidad y espíritu crítico, si es capaz de sucumbir ante las tonterías que pregonan los dudosos méritos de reconocidos corruptos y depredadores de los recursos públicos, o si, para peor, se deja engatusar por los hoyuelos del rostro de alguien que, por lo visto, no tiene nada más que ofrecer como no sea su cínica mueca de sonrisa impostada y el acné de sus mejillas.

La vulgaridad de la propaganda electoral, su cursilería y vacuidad, reproducen, directa o indirectamente, la fragilidad y el vacío de la “cultura” política prevaleciente. A lo largo de los años, en este ya prolongado y tedioso proceso de transición hacia la democracia, hemos construido algunas instituciones mal llamadas “democráticas”, pero no hemos generado “institucionalidad democrática” real. Se han creado estructuras, pero sin la argamasa necesaria que proporciona la cultura política democrática. Nuevas construcciones institucionales, atrapadas en la camisa de fuerza de la vieja y tradicional cultura política autoritaria, intolerante y antidemocrática. Lo nuevo atrapado en las redes de lo viejo. Y esa es la razón por la cual las instituciones locales son tan frágiles y sucumben tan fácilmente a la nociva y perniciosa politización partidaria. La politización que corroe la débil “institucionalidad” de la sociedad hondureña la desnaturaliza y corrompe.

Por eso decíamos al principio: la calidad de la propaganda electoral refleja la calidad de la cultura política imperante. ¡Qué pena que sea así!

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