Monday, Nov 18, 2019
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Racismo y xenofobia trumpiana contra los latinos

(Por Edmundo Orellana)  Para el autor de El Choque de Civilizaciones, “el desafío más grave e inmediato al que se enfrenta la identidad tradicional de EE UU es el que suponen la inmensa y constante inmigración de Latinoamérica…y los índices de natalidad de estos inmigrantes en comparación con los nativos, tanto blancos como negros”.

Inmigración que, contrario a la que formó esa gran nación, no parece, según Huntington, dispuesta a integrarse en la cultura estadounidense integralmente, porque mantienen su nacionalidad y su lengua, y, además, siguen inmersos en su cultura, ignorando o rechazando la “angloprotestante”.

El flujo de inmigrantes hispanos, desde su perspectiva, atenta contra la cultura y el credo del estadounidense, cuyas claves son “la lengua inglesa, el cristianismo, el compromiso religioso, el concepto inglés del imperio de la ley –que engloba la responsabilidad de los gobernantes y los derechos de los individuos– y los valores protestantes del individualismo, la ética del trabajo y la convicción de que los seres humanos tienen la capacidad y el deber de intentar crear un cielo en la tierra, una “ciudad sobre una colina”.

Si bien es cierto, afirma, los estadounidenses aceptan el carácter multiétnico y multirracial de su sociedad, también lo es que ven con preocupación que la incontrolable inmigración de hispanos provoque una fractura más seria que la que supuso la división racial entre blancos y negros, por su carácter cultural. El riesgo es que Estados Unidos se convierta en un país que albergue “dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y español)”, con, lo que él denomina, “diferencias irreconciliables” de orden cultural.

Agravado, afirma Huntington, todo ello porque, en el caso de los mexicanos, existe un vínculo histórico con Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah, territorios que fueron de México. No lo olvidan y “sienten que tienen derechos especiales sobre esos lugares”, que, por estar próximos a México, dificultan la asimilación del inmigrante a la cultura angloparlante, así como los programas oficiales de educación bilingüe, que alimentan entre los hispanos la idea de que el inglés no sea la lengua oficial. Y al respecto dice: el expresidente estadounidense Theodore Roosevelt dijo: “Debemos tener una sola bandera. Y debemos tener una sola lengua. Que debe ser la lengua de la Declaración de Independencia, el discurso de despedida de Washington, la proclamación de Lincoln en Gettysburg y su segunda toma de posesión”. En cambio, en junio de 2000, el presidente Bill Clinton aseguró: “Confío en ser el último presidente de Estados Unidos que no sepa hablar español”.

El riesgo de seguir esa marcada tendencia, según el citado autor, es que se podría consolidar las áreas de Estados Unidos con predominio hispano en un bloque autónomo, cultural y lingüísticamente diferenciado y económicamente autosuficiente, como es el caso de la ciudad de Miami.

Muchos de estos problemas se resolverían interrumpiendo el flujo de la inmigración, según él, con lo que “se mejorarían los salarios de los ciudadanos de menos ingresos” y desaparecerían “las polémicas sobre la seguridad social y otras prestaciones a inmigrantes”. Y concluye diciendo: “No existe el sueño americano. Solo existe el American Dream creado por una sociedad angloprotestante. Si los estadounidenses de origen mexicano quieren participar en ese sueño y esa sociedad, tendrán que soñar en inglés”.

Este legado de Huntington constituye parte importante de la cimentación en la que descansa la estructura del pensamiento antiinmigrante del gobierno trumpiano, cuyo violento y despectivo discurso antihispano ha despertado el odio de los estadounidenses contra los hispanos, provocando comportamientos racistas y xenófobos contra los hispanoparlantes y hasta de violencia extrema, como la reciente masacre en el Paso, Texas, cuyo autor, según trascendió, pretendía “matar tantos mexicanos” como le fuera posible, a quienes acusó de “invasores hispanos”, como suele calificar a las caravanas el nuevo sumo sacerdote de la primacía blanca, Mr. Trump.

Destino cruel el de nuestros emigrantes hondureños, que escapan de la violencia y la falta de oportunidades en su país, para encontrarse con esa nueva cultura estadounidense de violencia extrema contra el hispano, alimentada, según muchos –incluido Obama–, por los discursos racistas y xenófobos de Trump y otros dirigentes políticos, sociales y religiosos.

La única manera de evitar las caravanas y el flujo de emigrantes hacia el norte, es propiciar que todo hondureño tenga oportunidades de trabajo, salud y educación, sin discriminación, explotación y exclusión, en un ambiente seguro para él y su familia. Para lograrlo debemos insistir en el ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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