Recuerdos III

(Por Víctor Meza) Éramos ocho o, a lo mejor, solo seis o siete. Estábamos reunidos en una pequeña finca cafetalera en la periferia de Managua. Era una reunión muy importante. óscar Turcios, el Ronco, jefe máximo en ausencia de Carlos Fonseca, que estaba en La Habana, había convocado aquella reunión del ‘mando’ superior y en ese cónclave se debían tomar decisiones sobre el estado, futuro y desarrollo del FSLN.

Pero no solo eso, también se debía decidir la suerte de un hombre, un magnífico hombre: Efraín Sánchez Sancho, más conocido como Payin. ¿Quién era Payin? Era un albañil reconvertido a la revolución por la vía de la oposición a la dictadura somocista. Un hombre valiente, audaz y, sobre todo, un ser humano bueno y solidario. Le conocí en la clandestinidad, cuando su vida oscilaba entre el peligro del día y la muerte en la noche. Efraín, con una serenidad pasmosa, con la tranquilidad que concede la justicia, nos ayudaba y protegía, nos conducía y, con frecuencia, se burlaba de nosotros.

Recuerdo que, en una ocasión, recluté a una chica burguesa muy bella que, entre otras cosas, solía asistir a fiestas en las que participaba Somoza; era un reclutamiento ideal. Efraín me ordenó que le asignara un seudónimo: Jerónima, me dijo. Le contesté que no, que ese era un nombre poco apropiado para una mujer como ella. Discutimos y, pronto, comprendí que había una necesidad de ‘proletarizar’ a la burguesita, ofenderla, humillarla, así era Efraín. Con los años, después del triunfo de la rebelión (que no de la revolución) volví a Managua y busqué a Efraín. Le encontré viviendo en condiciones miserables, acompañado de una joven que no sabía nada de su pasado ni quería saber.

Él, para ella, era apenas un vagabundo pasajero, un borracho echado a perder, un hombre sin futuro… ni pasado. ¡Qué triste! Le fue mal a mi amigo y compañero. Le trató duro la vida, cuando pudo haberlo hecho feliz y placentero. No dañó a nadie ni ofendió a persona alguna, supo ser valiente y decoroso, fue justo a su manera y audaz como muy pocos. Le quise mucho. Nos jugamos la vida, al menos en varias ocasiones. Siempre supe respetar su valentía, aunque, en más de una ocasión, reproché su audacia temeraria. Me disgustaba su menosprecio al peligro y su voluntad casi suicida.

En más de una ocasión, furiosos, discutimos, pistola en mano, y estuvimos a punto de cometer tonterías. Así era Efraín… al final terminaba regalándome una Walter PPK, posiblemente una de las mejores pistolas del mundo. Hoy, cuando han pasado ya tantos años y tanta agua ha corrido bajo los puentes, pienso, no puedo evitarlo, en Efraín Sánchez Sancho, aquel humilde albañil que no le tenía miedo a nadie, que supo conducir un movimiento clandestino contra la dictadura, justo en el momento en que los líderes opositores, por una u otra razón, estaban en el exterior, lejos del escenario de la lucha cotidiana.

No era su culpa, ‘culpas del tiempo son/ y no de España…’. Hoy, Efraín yace en el panteón de los olvidados, nadie sabe en dónde está. Nadie le recuerda ni le lleva una flor. Yo, en cambio, traigo este clavel y declamo un poema para el hombre que fue Efraín, un valiente, un hombre de mucha fe… Amigo de siempre, levantaos, como dijo Walt Witman, porque solo vosotros podréis justificarnos…

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