viernes, noviembre 27, 2020
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Señales de tormenta

(Por Víctor Meza) Hay aves que anuncian las tormentas. En el idioma ruso les llaman “mensajeras de tormenta”. Al verlas sobrevolar las playas, casi siempre rozando acrobáticamente la superficie marina, el pescador avezado ya sabe que se acerca la tormenta. Y se prepara…

En la vida política también se reproducen las señales que anuncian las tormentas. Son un conjunto de indicadores que, sumados y entremezclados, van revelando las claves, el hilo rojo que atraviesa el ovillo y pone al descubierto la naturaleza oculta de la trama. Son las señales que preceden al conflicto, los indicios que, una vez conocida su ruta, nos permiten entender mejor cuál puede ser el desenlace.

En los últimos días, pareciera que las señales de tormenta se están acumulando con rapidez inesperada y evidente coherencia en el escenario político nacional. Cada día aparecen nuevos signos que advierten sobre el peligroso rumbo que están tomando las cosas. La crispación crece en el ambiente político y las ambiciones lucen cada vez más desenfrenadas y cínicas. Los afanes reeleccionistas – forma vergonzante del continuismo político – se muestran abiertos y directos, sin necesidad ya de ocultar su trasfondo ni disfrazar su contenido. Mientras tanto, la conflictividad política, sumada a la social y económica, se sigue acumulando lentamente, a la espera del momento preciso para estallar, violenta e incontrolable, reconvertida en una lamentable y peligrosa crisis. Hacia allá vamos, hacia la tormenta. Así lo indican las señales.

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Atrapados en las viejas fórmulas de solución política, características del agonizante sistema bipartidista, buscan la mediación de otros factores de poder –los militares en este caso– ansiosos por reciclar y oxigenar el rol arbitral de las Fuerzas Armadas y encontrar nuevas formas de tutelaje castrense para la decadente democracia representativa. Buscan una solución, pero lo que están creando es otro problema, un problema que puede ser infinitamente peor y más letal que las fórmulas de solución que promueven.

El gobierno no da muestras de buscar el sosiego y la concertación. Al contrario, pareciera más interesado en promover la confrontación y el desencuentro. Su rechazo a las reformas de la legislación electoral, conducirá a un proceso eleccionario deslegitimado y dudoso. Aferrarse a la vieja arquitectura jurídica en un tema tan potencialmente explosivo, equivale, en esencia, a ignorar y desestimar los profundos cambios que se han producido en la geografía político-electoral del país en los últimos años, sobre todo después del golpe de Estado de junio del 2009.

Buena parte del liderazgo político local no parece haber entendido la naturaleza y significado político de esos cambios. Han hecho una lectura equivocada, si es que la han hecho, del viraje producido en la sociedad hondureña después de la violenta y criminal ruptura del orden constitucional hace ya siete años. No han entendido hacia donde apuntan las nuevas tendencias.

Atrapados en las viejas fórmulas de solución política, características del agonizante sistema bipartidista, buscan la mediación de otros factores de poder –los militares en este caso– ansiosos por reciclar y oxigenar el rol arbitral de las Fuerzas Armadas y encontrar nuevas formas de tutelaje castrense para la decadente democracia representativa. Buscan una solución, pero lo que están creando es otro problema, un problema que puede ser infinitamente peor y más letal que las fórmulas de solución que promueven.

Los militares no son ni pueden ser custodios o constructores de la democracia. En ningún lugar del mundo. Su monopolio de las armas les limita, o debe limitar, el uso y abuso de las fórmulas políticas. Los ciudadanos que, de buena o mala fe, tocan hoy las puertas de los cuarteles, no tienen idea del grave riesgo en que ponen al sistema político y a la sociedad en su conjunto. Algunos de ellos, los partidarios de la reelección, buscan la complicidad y la bendición de los hombres de uniforme. Otros – los que se oponen al continuismo presidencial – invocan los artículos de la Constitución que facultan a los militares para asegurar la alternancia en el ejercicio del poder político. Ambas partes claman por la intervención castrense, los dos bandos piden y ansían el tutelaje verde olivo.

Muy mal tiene que andar una sociedad si deja en manos de sus militares la garantía de la alternancia presidencial o la custodia de los valores democráticos. La defensa de la democracia es tarea de nosotros, los ciudadanos, plenamente movilizados y dispuestos a defender el Estado de derecho y la libertad individual.

Las aves “mensajeras de tormenta” están sobrevolando la ciudad. Pongamos atención a sus señales y preparémonos para lo que viene, no vaya a ser que lo que hoy solo parece una tormenta, se convierta mañana en un diluvio bíblico.

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