Monday, Nov 18, 2019
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Tony Hernández se inmortaliza en espectacular retrato y su familia no lo quiere llevar a casa

TEGUCIGALPA, HONDURAS 

La occidental ciudad de Gracias, enclavada a los pies de Celaque, fue durante la época colonial la Audiencia de los Confines, cuya función era la defensa de los derechos de los pueblos indígenas que fueron cruentamente aplastados por las hordas violentas jefeadas por Cristóbal Colón y un puñado de vividores que saquearon las riquezas a punta de espejos, biblias y cuanta bagatela pudiera impresionar a aquellos cuya vida no pasaba de la recolección de frutas, la caza y los sangrientos sacrificios que ofrecían para congraciarse con sus dioses.

Cientos de años después, el bien -y malquerido- expresidente Juan Lindo ordenó la construcción del Fuerte San Cristóbal, colocado estratégicamente en una colina para repeler los ataques del Ejército guatemalteco y luego fue remozado por José María Medina o Medinón, para evitar ataques de sus adversarios, en la aún inestable y conflictiva Honduras, que es una joya de la corona para quienes siguen dominando estos confines, ya sea por intereses políticos u otros menesteres que al final son pagados con sangre o cárcel.

En un sitio modesto de la resurgida Gracias opera un taller de pintura y en una de sus esquinas aparece Juan Antonio Tony Hernández, vestido de vaqueros azules y una camisa del mismo color aunque un poco más clara, unas botas para cabalgar, montado en un caballo de pura sangre y de fondo el fuerte, todo un ícono de la cultura graciana, donde muchos hondureños suelen fotografiarse como una muestra de que estuvieron ahí y para darse el «taco» de que conocen la ciudad que trajo al mundo al excongresista acusado por narcotráfico y su hermano que saca pecho al afirmar que es ciento por ciento «indito pelo parado».

El excongresista se volvió una personalidad en uno de los departamentos más postergados de Honduras, en donde la desnutrición afecta a cinco de cada 10 personas y se hizo querer -y también malquerer- por sus pomposas fiestas, entregas de ayuda humanitaria, anfitrión de eventos del Partido Nacional y los medios locales -o radios alambritos- acudían a darle su cobertura para refrescar con información sobre lo que hacía el hermano del número uno del actual Ejecutivo.

Las fiestas eran costumbre y las orgías también. Acá coincidían líderes políticos y narcos, hondureños de a pie que buscan sobrevivir con 50 lempiras para mantener a su familia y esbeltas colombianas que levantaban muchos dólares por sus amorosos servicios. En fin, en cada uno de esos eventos estaba Tony. Cuentan en los corredores que era un anfitrión nato y brindaba un servicio de cinco estrellas que no daría ningún otro, ya sea por falta de experiencia o por temor a ser delatado en alguna corte estadounidense por sus posibles nexos con el narco.

En cierta ocasión, un grupo de trabajadores del todopoderoso oficio de mover drogas a EE.UU. decidieron encerrarse por tres días en uno de los hoteles de la familia Hernández en la que Tony fue el protagonista. Abundaban las mujeres, el alcohol y los negocios… el Rojo y un montón de operadores se daban regalos a granel, desde pistolas automáticas hasta carros y lujosas motocicletas y las exhibían por la extinta capital de la Audiencia de los Confines. Más de algún inocente creyó que el municipio iba en franco desarrollo y otros, de mente crítica, veían sospechoso tal exhibición. Indagar o cuestionar tendría consecuencias fatales.

Estos jolgorios tenían un personaje en común: Tony Hernández. Este periódico supo a través de personas de bajo perfil, quienes concidieron que en cierta ocasión se reunieron para celebrar el cumpleaños de Mario José Cubeta Cálix Hernández en el hotel Posada de Don Juan, a donde llegaron alrededor 19 colombianas que fueron atendidas por el mismo Tony y su esposa, conocida como Vanessa.

Al respecto, un informante de la embajada norteamericana confesó que Hernández celebró un cumpleaños en una de las propiedades de Gracias y colocó en la cuenta de su esposa unos 250 mil lempiras que serían para los gastos del pomposo festejo. Esos tiempos pasaron y el cuadro donde aparece Tony cabalgando el caballo va perdiendo su color en el taller de pintura, pues nadie quiere reclamarlo, ni siquiera su propia familia que se ha mantenido en un absoluto silencio, apenas su hermano Juan Orlando se pronunció y se limitó a decir que «nadie está por encima de la ley».

Al pie de la imponente imagen aparece el ícono de la estrella solitaria, el símbolo oficial del Partido Nacional, que advierte a cualquier espectador que Tony es cachureco de cepa, que se jacta de haber heredado de su familia la tradición de pertenecer al partido escindido por Manuel Bonilla en 1906 de las entrañas del liberalismo, durante las denominadas guerras fratricidas que eran financiadas por magnates bananeros, para apropiarse de las zonas más fértiles de Honduras a cambio de protección y una palmada en el hombro.

La historia deja claro que Bonilla fue el achichincle ideal de las multinacionales bananeras, que cedió miles y miles de hectáreas a voraz Samuel Zemurray y ese legado de servilismo, con una mezcla de malinchismo se transmitió de generación en generación hasta llegar a los Hernández, protegidos de EE.UU. hasta que Tony echó a perderlo al aliarse con los narcos al aprovechar sus conexiones políticas, fuertes influencias en las fuerzas de seguridad y defensa y movió toneladas y toneladas de estupefacientes, hasta que se volvió una persona de interés.

A sabiendas de que sus días en libertad estaban por acabar, se mandó a pintar monumental retrato, pagó el 80 por ciento (que pudo ser una generosa suma de dinero) y el resto sería al recibir la obra de arte…el pintor lo tiene en una esquina mientras avanza el tiempo y Tony se prepara para vivir una larga estadía en prisión. Jamás tuvo la capacidad de entender que EE.UU. no perdona y no tiene amigos. Todo funciona mediante intereses y él pagó su cuota. Los pinceles, paletas de pinturas, unas viejas mesas e improvisados tinteros son testigos de cómo van pasando los días y nadie se hace responsable de recoger semejante cuadro. ¿Será que fueron contagiados por la famosa maldición de la foto y temen que esa superstición los alcance a ellos?

Esa escena se asemeja al cadáver que está dentro de los frigoríficos de la morgue esperando que alguien lo reclame, lo vele, recuerde su legado y lo lleve a enterrar con la dignidad que se merece y que al final termina en un cementerio donde los nadies pasaron al olvido, son un número más y cuyo nombre formará parte de las estadísticas de muertos de la violenta Honduras, donde el narcotráfico (y Tony) vivieron una época de gloria, cuando decidían quién vivía y quién moría y se mandaban a inmortalizarse en un retrato, o pagaban mucho dinero a bandas de mala muerte para que les hiciera un corrido en el que exaltaban sus virtudes y se ponían como los Robin Hood y benefactores de los pobres.

Los hermanos Valle Valle, los chapines Lorenzana Cordón y Overdick, el temido Chapo Guzmán y cuanto narco posible mandaron a componerse canciones o ponían perlas a sus pistolas para dejar claro quién era el que mandaba en el multimillonario negocio de la droga. Tony pretendió hacer lo mismo, aunque sabía que la cárcel y el destierro lo esperaban. Entre las pocas posesiones que deja el exdiputado en Honduras está el cuadro que espera ser colgado en alguna casa o termine siendo subastado… La familia no quiere tenerlo y nadie da una razón ¿será que temen a que se reproduzca la maldición de la foto?

En pocas palabras, el querido y malquerido Tony se quedó sin Beatriz y sin el retrato.

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2 COMMENTS
  • 300 / 6 septiembre, 2019

    Me encanta la redacción, muy original.

  • Luis / 14 septiembre, 2019

    » . . . . .Cristobal Colón y un puñado de vividores que saquearon . . . . .»

    Evidentemente la historia no es fuerte del autor.
    Ya me imaginé a CRISTOBAL COLÓN desembarcando en Omoa y dirigiéndose por tierra a Celaque

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