sábado, noviembre 28, 2020
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Un informe demoledor y escalofriante

MOSCÚ, RUSIA

(Francisco Herranz / Spútnik Mundo) El continente americano sigue siendo una de las regiones más violentas y desiguales del mundo, según resume el demoledor y escalofriante informe de Amnistía Internacional (AI) que documenta la situación de los derechos humanos en el mundo durante 2016.

El documento, que acaba de ser hecho público, se divide en cinco perspectivas regionales que engloban los cinco continentes y amplias zonas más específicas como Oriente Medio y Norte de África. El capítulo destinado a Latinoamérica es tremendamente preocupante pues constata una situación ya de por sí crítica que se ha venido agravando por el «aumento de los obstáculos y las restricciones a la justicia y a las libertades fundamentales».

En toda la región imperan la discriminación, la inseguridad, la pobreza y los daños severos medioambientales. La desigualdad en la riqueza, el bienestar social y el acceso a la justicia, sustentada por la corrupción y la falta de rendición de cuentas, fomenta el incumplimiento de las normas internacionales en materia de derechos humanos. La impunidad se abre paso cada vez más dentro de unos sistemas judiciales poco eficaces, independientes e imparciales que protegen todavía más los intereses políticos y económicos de una clase minoritaria pero dominante.

En este nefasto contexto, asegura Amnistía Internacional (AI), abundan la tortura, el racismo, los abusos policiales y los malos tratos. Los niveles de violencia no ceden. Al contrario. Se ven agravados por la proliferación de armas cortas ilegales y el crecimiento de la delincuencia organizada que, en algunos casos, se ha hecho con el control de territorios enteros, a veces con la complicidad o la aquiescencia de la fuerzas de la policía y del ejército. Los datos ponen los pelos de punta. Países como Brasil, El Salvador, Guatemala, Honduras, Jamaica, México y Venezuela presentan las tasas de homicidio más altas de mundo. La tasa referida a El Salvador (108 habitantes de cada 100.000), consecuencia de la actividad delictiva de las maras o pandillas, sobrecoge a cualquiera pues representa la más grande del planeta. La inseguridad es especialmente significativa en el denominado ‘Triángulo Norte’ de Centroamérica, formado por El Salvador, Guatemala y Honduras. La vida allí tiene menos valor.

Prácticamente ni un Estado se salva de la denuncia, aunque en algunos casos los problemas son mucho más serios que otros.

Honduras, por el clima de violencia e inseguridad; Paraguay, por la discriminación a indígenas y afrodescendientes; Venezuela, por los opositores presos y los arrestos arbitrarios; Colombia, por las exacciones de los paramilitares y los abusos a pesar de la firma de la paz con la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia); Ecuador, por el acoso a los indígenas; México, por las desapariciones y las ejecuciones extrajudiciales; El Salvador, por el arraigo de las sanguinarias maras; Guatemala, por el hostigamiento a los defensores de los derechos humanos; Bolivia, por las víctimas de las dictaduras militares; Cuba, por el hostigamiento a los disidentes; Perú, por el aumento de la violencia contra mujeres y minorías; Brasil, por el ensañamiento de la policía con jóvenes y negros; Nicaragua, por las amenazas a los defensores de los derechos humanos; Argentina, por la criminalización de los derechos sexuales; Chile, por la impunidad de los delitos cometidos durante el régimen militar (1973-1990); República Dominicana, por la deportaciones de apátridas, mayormente haitianos; Puerto Rico, por la discriminación al colectivo LGTBI (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales).

También hay fuertes críticas a la Administración de Estados Unidos por no haber cerrado la prisión de Guantánamo (aunque Barack Obama lo prometió), por continuar la «sigilosa» campaña de la CIA de ataques con aviones no tripulados o por desarrollar una «gigantesca maquinaria de vigilancia masiva», denunciada por Edward Snowden, refugiado en Rusia.

A Amnistía le preocupa especialmente el auge de la violencia de género en Latinoamérica, uno de los fracasos más deplorables. Según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), publicado en octubre de 2016, en la región son asesinadas a diario 12 mujeres y niñas por razones de sexo —un delito denominado ‘feminicidio’—, y que la mayoría de esos crímenes queda impune.

La organización también destaca que, en muchos casos, la inacción de los Estados está dejando un vacío de poder que está siendo ocupado por empresas multinacionales de influencia cada vez mayor, especialmente las de los sectores de extracción de petróleo y minerales y otros que comportan la apropiación de territorios y de recursos naturales; esa ventajosa apropiación afecta sobre todo a tierras reclamadas por pueblos indígenas, otras minorías étnicas y campesinos, o tierras que les pertenecían, y se está llevando a cabo sin respetar debidamente su derecho al consentimiento libre, previo e informado.

Los comentarios adversos no son exclusivos de América Latina; también se extienden a otras áreas geográficas. Y con similar nivel de gravedad.

Empieza pues 2017 en un mundo «muy inestable y de mucha inquietud e incertidumbre sobre el futuro». Son las inquietantes palabras de Salil Shetty, secretario general de AI.

Y lo peor es que no pinta nada bien el porvenir. Las relaciones internacionales se están viciando casi irremediablemente a consecuencia del impulso del nacionalismo político y el proteccionismo comercial. El populismo manipula la política de identidad para captar votos entre los descontentos y desfavorecidos.

En opinión de Esteban Beltrán, director de AI en España, el actual panorama está marcado por el «uso cínico del discurso del ‘nosotros contra ellos'» que «provoca una agenda deshumanizadora basada en discursos de culpa, odio y miedo a escala nunca vista desde los años 30». ¿Les suena lo que pasó en aquella aciaga década? La subida al poder de Adolf Hitler, el aislacionismo de Washington, el surgimiento de los fascismos…

Los refugiados y desplazados han sido el primer blanco de esta tendencia tóxica, pero está claro que no serán los últimos afectados. Se están construyendo nuevos muros, y no sólo en la línea fronteriza entre México y EEUU. Va a crecer más el número de delitos por razones de sexo, raza o religión. Ya hemos visto esa intolerancia en los incidentes armados que han ocurrido en algunas ciudades de EEUU. Definitivamente corren muy malos tiempos para los derechos humanos.

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