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Violencia extrema

(Por Edmundo Orellana) Lo que ocurrió en ocasión del partido entre Olimpia y Motagua no es una simple noticia criminal. Es la prueba irrefutable de que nuestra sociedad entró en un proceso de degradación que si, oportunamente, no tomamos las medidas pertinentes se tornará irreversible.

Los involucrados son jóvenes. Probablemente sean desempleados. Algunos podrán ser miembros de “maras”. Pero todos son parte de nuestra sociedad. Formamos un todo, que es Honduras. Ellos, como nosotros, tienen derechos y también deberes. Sin embargo, la vida, para la mayoría de ellos, es muy distinta de la de muchos de nosotros y muy similar en adversidades a la mayor parte de nuestros jóvenes, agobiados por la pobreza y, en un gran porcentaje, en la pobreza extrema.

Esa violencia que presenciamos no es el problema. Es un síntoma del verdadero problema: la falta de oportunidades, el desempleo, la marginación, la discriminación y la explotación. Los enfermos no son ellos; la enferma es nuestra sociedad.

¿Desde cuándo presenciamos crímenes horribles? No es de ahora. Hace algunas décadas que una cabeza de mujer apareció en el parque central de San Pedro Sula advirtiéndonos de que algo espantoso se gestaba en las entrañas de nuestra sociedad. Sin embargo, la noticia, pese a que nos impactó a todos, no fue suficiente para animar a las autoridades a ir más allá del hecho criminal.

Esa mutilación nos advertía de un nuevo criminal, más sanguinario y decidido a desafiar a la autoridad. Se abordó como si fuese un caso criminal más. Sin ahondar en las raíces del problema. Las consecuencias están a la vista todos los días. Porque diariamente aparecen “encostalados” o cadáveres desmembrados y ocurren masacres. Se trata de noticias, simplemente. Pareciera que estos hechos ocurren en otra dimensión.

Las autoridades no respondieron ni responden orgánicamente. Su respuesta es organizar cuerpos especiales de uniformados para enfrentar los hechos. Pero ninguna decisión ni acción para atacar el fenómeno de raíz.

Por nuestra parte no exigimos de las autoridades una respuesta más coherente a la importancia del fenómeno de la violencia extrema. Pareciera que ya forma parte de nuestra cultura.

Si lo duda, distinguido lector, observe el comportamiento de los conductores de automóvil. Explotan en ira por cualquier motivo. Quebrantan, con violencia, las reglas elementales de tránsito, poniendo en riesgo la integridad física y hasta la vida de ellos mismos y de los demás.

El bullying en las escuelas se ha tornado violentísimo, al grado de adoptar normas para prevenirlo o reprimirlo. Son nuestros niños y niñas mostrando el lado más oscuro del ser humano, la violencia irracional.

Las series de TV, cada vez más violentas, se ofrecen en horarios en que nuestros niños están todavía despiertos. ¿Cuántos padres tienen el cuidado de evitar que las vean? Quienes no se preocupan por ello están contribuyendo a que su hijo sea violento. El niño tiende a imitar al adulto y si este es un actor de cine o tv, a quien se admira, la imitación es inevitable.

Cuando un joven crece en ambientes de frustración, porque sus padres no trabajan regularmente, carecen de todo y nada promete que el futuro sea mejor, luchará por salirse de esa atmósfera asfixiante. Buscará oportunidades. ¿Se las ofrece el Estado? Evidentemente, no. Es la sociedad la que ofrece las opciones, pero no las que brindan al joven burgués, sino otras. Las que están al lado de su casa. Y estas no son otras que las “maras”.

El ambiente familiar que se apreciaba en el velatorio de los jóvenes, evidencia de que son víctimas de la marginación social. Caldo de cultivo de las organizaciones juveniles criminales, en las que encuentran protección e identidad los marginados. Su conducta es consecuencia de esa realidad en la que crecen.

Atacar el problema de la violencia es de una complejidad de la que aún no es consciente la autoridad. Porque tiene muchas causas. El crimen organizado es una de ellas, pero también la exclusión de una gran parte de la población del proceso productivo del país.

Si se quiere terminar con la violencia extrema deben responder no con simples acciones sino también con políticas, programas, proyectos y, por supuesto, acciones. Por eso, y por muchas otras cosas, debemos decir con firmeza: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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