Sacerdorte ninguneado por cardenal recrimina homosexualismo en el clero

TEGUCIGALPA, HONDURAS 

(TERCERA PARTE) El sacerdote Bernardo Font Ribot, expulsado por el cardenal Óscar Andrés Rodríguez de la celebración de los sacramentos, cuestiona en una carta enviada al prelado el 19 de noviembre de 2015 la homosexualidad que reina dentro del clero y le recrimina que jamás le concedió clemencia para seguir en el cargo que le fue quitado en enero de 2005.

La carta, si bien fue escrita en parábola por el afectado, pero revela la conducta retorcida de algunos religiosos que han sido protegidos del purpurado y señalados de incurrir en conductas amorales dentro de la iglesia que preside desde hace varias décadas.

En la misiva,  Font Ribot sigue insistiendo que es inocente de los cargos que el acusador privado Andrés Maradiaga le imputó y cuya denuncia le costó su salida abrupta de la iglesia.

ConfidencialHN hace una reproducción fiel de la carta enviada al actual asesor del papa Francisco, en la que Font Ribot le recuerda las contribuciones que hizo como ser el fundador de canal 48 y ansía finalizar sus días en el ejercicio del sacerdocio para recuperar los 12 años que ha permanecido bajo “señalamientos” que, a su juicio, fueron infundados.

Estimado monseñor:

Tal vez al revisar sus archivos, podrá comprobar que el 9 de febrero del año 2005. Usted me suspendió para ejercer como sacerdote de la iglesia católica, separándome de la misma y mi feligresía apoyado en improntas calumnias del Abogado Jorge Alberto Maradiaga Rodriguez, juntos con sus auxiliares Juan José Pineda y Carlos Magno, que usted tomó como ciertas, soterrando así públicamente mi dignidad y probidad como sacerdote de la iglesia católica, al tiempo que por tal causa, debí tomar forzadamente los tratamientos médicos que me orillaron al borde de la muerte física.

Acabo de cumplir 74 años de edad y 46 desde mi ordenación sacerdotal, sin que nadie haya probado que vivo indignamente, poseyendo algo mal habido o haber ejecutado acción alguna, física o moral en contra de otra
persona; como tampoco he sido condenado por ningún delito o comportamiento indebido a causa de mis propias inversiones en la promoción humana, creando fuentes de trabajo y servicio con los bienes que heredé de mi
padre; mucho menos haber provocado un daño moral o material a persona alguna; ejemplo de ello fue cuando le serví como ejecutivo al haberse fundado bajo su gestión el Canal 48.

Desde el mismo momento de la ofensa aludida, yo perdoné al abogado Maradiaga Rodríguez, a su auxiliar Juan José Pineda, al padre Carlo Magno y a usted, en atención a la enseñanza de mi madre “padre, perdona mis ofensas como yo perdono a los que me ofenden”. Monseñor, imagínese usted que se dijera que alguien del clero, le gustan los
hombres, que visita con frecuencia un negocio en donde se reúne con amiguitos, que busca jovencitos a través de un colegio, que regala carro y casas a sus parejas y que visitan discotecas gais, etcétera.

Monseñor, ¿usted los castigaría sin hacer una buena investigación y de verdad lo enviaría al exterior para su regeneración? Otro punto: imagínese señor cardenal, un seminarista que sea despedido del seminario por homosexualidad, y que usted lo enviase al exterior para terminar sus estudios y que le informaran de su homosexualismo, ¿usted lo despediría o lo ordenaría?

Señor Cardenal, no nos engañemos, en mi caso usted me castigó sin seguir un debido proceso, ya que jamás me llamo a ninguna audiencia, dejándose llevar por comentarios de subalternos o personas particulares, condenándome sin piedad, sin importarle el daño moral y social que me estaba haciendo para el resto de mi vida.

Hoy soy prácticamente una persona inútil. Monseñor realmente usted me mató. Pensé volverme loco, había perdido a “mis amigos” y toda credibilidad ante la sociedad, obtenida en mi desempeño como secretario ejecutivo de la comunicación católica en la arquidiócesis de Tegucigalpa. De inmediato fui convertido por el señor cardenal en un sacerdote delincuente y estafador y no me quedó más remedio que encuevarme en la soledad, dejándo de asistir a toda reunión del clero e incluso a la iglesia ya que me sentía perseguido hasta por los que habían sido mis amigos.

Lo único que he debido hacer forzado por esta situación, son acciones personales de subsistencia. Pero el daño moral y social que me causó esta suspensión que continúa vigente, es incuantificable, necesitando por lo tanto que esta suspensión me sea levantada en la arquidiócesis de Tegucigalpa. Por cuanto quiero morir en el seno de la iglesia sin ningún tipo de prohibición que jamás he merecido; resarcido del daño moral y social causado.

Le recuerdo Monseñor Rodríguez, que durante estos largos años de cautiverio, enfermedades y prisión social y moral; jamás he recibido de usted ni tan siquiera una llamada telefónica, invitándome a una conversación o almuerzo como usted lo hizo antes, y mucho menos una visita personal. Actitud indicadora del poco valor que tengo y tuve para usted,  incongruente con la vocación que profesa su alta investidura de arzobispo cardenal.

En espera de su pronta acción respondiendo a lo solicitado, me suscribo respetuosamente.

Padre Bernardo Font Ribot.

Nota: Le adjunto fotocopia de las suspensiones recibidas de usted y Juan José Pineda, así como también copias de las certificaciones médicas que conciernen a mi estado de salud provocado por su criminal decisión de separarme, así como también, fotocopia del abogado delincuente Maradiaga Rodríguez que influenció en su criterio.

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