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Cárceles

El Presidente ha encerrado en cárceles de máxima seguridad a los más peligrosos entre todos los criminales. Lo ha hecho bien.

Estas y otras cosas que ha hecho bien, contrasta con lo que ha hecho en lo político, lo social y lo económico. Hay más pobres y más desempleo y hay mucha preocupación por la desestabilización de las instituciones, provocada por su propensión a irrespetar la Constitución y las leyes.

Volviendo a las cárceles. Esta ha sido la receta de siempre para los transgresores. En el pasado, las diferencias políticas se resolvían metiendo preso al opositor. Todavía se practica, a veces. También se recluye en ellas a los que exigen el cumplimiento de sus derechos, como a quienes reclaman tierra y tortilla. Están seguros de que lo que no pudo el hogar lo logra la cárcel. Disciplinar al indisciplinado.

Esa es la razón por la que ahora quieren encerrar también a los niños. Como la mayoría no tiene hogar, quieren darles uno. La cárcel. Esa es la receta que, popularizada en el siglo XIX, la sociedad ofrece a sus retoños malcriados, niños y adultos. La cárcel, como bien dice Foucault, “está destinada, a aplicar las leyes y a enseñar a respetarlas”, pero funciona mediante el “abuso de poder”. “No puede, dice, dejar de fabricar delincuentes. Los fabrica por el tipo de existencia que hace llevar a los detenidos: ya se los aísle en celdas, o se les imponga un trabajo inútil, para el cual no encontrarán empleo, es de todos modos no pensar en el hombre en sociedad; es crear una existencia contra natura inútil y peligrosa”.

Las cárceles reproducen los mecanismos de poder que la sociedad genera en esos ambientes que propician el crimen. El niño con un hogar disfuncional o abandonado, es una víctima, no solo de estas circunstancias, sino del olvido de la sociedad. Son presas fáciles de otros, especialmente de las organizaciones criminales, que, a cambio de seguridad (esa que no ha disfrutado por falta de hogar y que ahora le ofrece el mundo del crimen), lo invita u obliga a delinquir. En la cárcel, el niño, igual que los adultos, encuentran refugio en las organizaciones que, inevitablemente, forman los recluidos, cuyo poder, legitimado por la fuerza, reproduce los sistemas sociales de corte totalitario que se alimentan de las vísceras de la sociedad.
El problema, entonces, no está en los niños, sino en la sociedad, en cuyo seno prolifera la delincuencia juvenil.

Es, sin duda, un síntoma del proceso de descomposición de una sociedad. Lo que se agrava cuando, para ocultar su crimen, recurre a los mismos métodos aplicables a los adultos cuando transgreden lo estatuido. En estas circunstancias, el niño -igual que sucede con el adulto- es reeducado, pero en la perfección de sus maldades. Las condiciones en las que viven esos niños en los centros de reclusión explican por sí mismas lo que será del niño al salir de estos.

Para todo ilícito el castigo es la privación de la libertad. Por eso, hemos limitado drásticamente los casos en los que proceden las medidas sustitutivas de la prisión preventiva y aumentado las penas. A este paso, tendremos que construir muchas cárceles, para adultos, y muchos centros de reclusión, para niños.

Esta inclinación nuestra a privar de libertad a todos los que incurren en ilícitos, contrasta con la administración de las cárceles. Hasta hace poco, sabíamos que por culpa de las autoridades carcelarias, los presos tienen privilegios y comodidades iguales o superiores a las que tienen fuera de la cárcel. Ahora sabemos, además, que ni siquiera saben cuántos hay ni quiénes son los que están recluidos. Incluidos los que están privados de libertad en los denominados “pozos”, de los que, por las últimas noticias, es -contrario a lo que se pensaba- muy fácil salir sin que las autoridades se enteren.
No hay duda, señor Presidente, que debe revisar su política de represión del delito.

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