Desastre

(Por: Edmundo Orellana) Ciertamente lo es. Este gobierno es un desastre sin precedentes, porque los daños que está provocando al país son irreversibles, preludio del caos. Es quizá, el peor de la historia.

Nadie sabe con exactitud quiénes integran el gabinete, porque el gobernante, que anda en permanente campaña, los invisibiliza; además, parece que su preocupación es, justamente, pasar desapercibidos. De sus despachos lo único que trasciende al público son problemas, nunca aciertos, y, no en pocos casos, escándalos. Cuando se atreven a salir a la luz pública, por orden del gobernante, es para defender lo indefendible, y, por supuesto, muy mal. Los que deciden hacerse notar, lo hacen no para dar a conocer sus logros, porque no hay ningún logro que informar, sino para anunciar sus aspiraciones políticas, sin importarles que este gobierno apenas cumplió un año.

Las instituciones descentralizadas, originalmente instrumentos para el desarrollo, se convirtieron en el principal obstáculo de este. Para citar un ejemplo, basta con ese adefesio que sustituyó a Cohdefor, decidido a terminar con nuestros bosques, recurso con el que la naturaleza nos dotó generosamente para nuestro disfrute y desarrollo, en otras palabras, está empeñado en destruir nuestro futuro.

La corrupción se generalizó al extremo que la intervención, común en las descentralizadas (todas han sido intervenidas), ha alcanzado a las Secretarías de Estado. Se dice que el caso del IHSS es nada comparado con lo que pasó en la Secretaría de Salud. Y se sospecha que la ENEE supera ambos casos en muchos miles de millones, porque el problema es general, desde los contratos leoninos -así lo reconoció en una entrevista televisada el súper embajador, ministro sin cartera (y si son leoninos, lo que procede no es lo que están haciendo)-, hasta la condonación multimillonaria de deudas, pasando por las privatizaciones, la voracidad de sus sindicalistas y la interminable cadena de corrupción que el binomio MACCIH-UFECIC apenas comienza a develar.

En el combate al crimen organizado se destaca la creación de cuerpos de policía (el más destacado, la Policía Militar) y la adquisición de equipo y maquinaria. Sin embargo, la percepción popular es que esos esfuerzos se traducen muy poco en la lucha contra el crimen organizado, porque la violencia que genera está focalizada en zonas específicas de las ciudades o del país: en los barrios, las maras; los narcos, en las zonas del país bajo su control. Esa violencia sigue con la misma intensidad, pero en menos territorio, por los golpes que los gringos han propinado a la élite del narcotráfico, dejando acéfala, pero intacta, la organización, lo que provoca luchas internas entre sus miembros para sustituir a los jefes extraditados. Esas guerritas no terminan con el narcotráfico (los gringos insisten, pese a lo que dice el gobierno, que por el país sigue pasando, sin interrupción, gran cantidad de droga hacia USA) ni con la organización; en todo caso la segmentan y nuevos jefes surgen, tornando más difícil el combate.

En el caso de las maras, estas siguen creciendo en número y en territorio, alimentadas por la negligencia del gobierno en su atención a la niñez y a la juventud. Hasta empresas, se dice, manejan en el transporte y otros rubros. Si esto es cierto, el gobierno es su cómplice, porque no pueden operar sin permisos oficiales ni ser ignorados por la SAR; también lo es la empresa privada, porque los insumos para sus empresas los adquieren en el mercado nacional y sus transacciones financieras no pueden eludir los bancos.

El proyecto insignia del gobierno, las ciudades modelo, nunca pasó más allá de su promoción. Es, sin duda, un fracaso, porque nadie creyó en él, luego de las declaraciones del Nobel Paul Romer, el padre de la idea, asegurando de que se separaba del proyecto por sospechas de corrupción.

En conclusión, es el peor gobierno de la historia, al que no podrá sobrevenir más que el caos, pero, irónicamente, el más estable. Desde que el gobierno distribuyó migajas en la estructura burocrática estatal entre la oposición y emergieron las primeras candidaturas, los exabruptos de la oposición desaparecieron. Es más, parece que están en la misma línea en algunos temas, como en el de la expulsión de la MACCIH, a lo que induce el silencio sospechoso de algunos líderes de la oposición.

Aquí el problema ya no es cómo librarnos del gobierno, sino preguntarnos: ¿nos merecemos, como advertía Maistre, el gobernante que tenemos? o ¿será, como decía Malraux, que se nos parece?

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