La migración

(Por Víctor Meza) El tema de la migración está hoy más presente que nunca en la agenda del país. Y no es para menos: el destino de centenares de miles de compatriotas está en juego, peligrosamente oscilando entre la permanencia clandestina y la repatriación forzosa, amenazados como están por las bravuconadas de un nuevo presidente que, por lo visto, confunde su patriotismo con el fetichismo mercantil. Adoración irracional por los valores materiales, por encima de consideraciones éticas o valoraciones puramente humanas. El rostro despiadado del antihumanismo, disfrazado de chovinismo de gran potencia y revestido de nostalgia imperial.

En medio de esa siniestra disyuntiva, el migrante va con su carga de emociones encontradas y su permanente angustia a cuestas. Ser transicional, que emigra desde la sociedad rural y premoderna para caer de pronto entre los engranajes de un capitalismo desenfrenado y deshumanizante. Protagonista sin saberlo de una mutación cultural angustiante e incomprensible. Víctima inocente de una modernidad que él no entiende. Prisionero de una infinita tragedia, cuyo precio se paga a medias con la satisfacción de la oportuna remesa para la necesitada familia que quedó abandonada en la perdida aldea o en el atribulado barrio marginal. Héroe para muchos, villano para pocos, apreciado aquí y rechazado allá, ser trashumante que viene y va en un destino pendular que ya no controla ni dirige… víctima, hermano, compatriota.

La llegada del empresario y magnate Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha puesto de cabeza muchas cosas, trastocando el orden ya establecido e introduciendo nuevas reglas y mecanismos que toman por sorpresa a muchos y asustan y preocupan a muchos más. Pero entre estos últimos, nuestros migrantes son los que más sufren y se angustian. Se sienten como si fueran el objetivo, el blanco o la diana, sobre los cuales lloverán, ahora con más fuerza y entusiasmo que ayer, los antiguos proyectiles del odio racial, el desprecio humano, la descalificación personal y el  rechazo, el vulgar y despiadado rechazo…

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Para la gente que piensa como el magnate Trump, la migración es un delito, por lo tanto hay que colocarla en la agenda de la seguridad nacional y regional. Para nosotros no. Creemos que la migración es un derecho humano y, por lo tanto, debe pertenecer a la agenda del desarrollo. Esas dos visiones, esas dos agendas, la de la seguridad como prioridad nacional y la del desarrollo como condición humana, son las que están enfrentadas actualmente con ferocidad y salvajismo en el caso de la migración.

Pero, ojo, eso no solamente sucede allá, en los Estados Unidos. También acontece aquí. Muchos, quizá demasiados, dentro de las élites empresariales y políticas del país, no ven la migración como un problema del desarrollo o de la seguridad. Lo ven simplemente como una solución a la crisis económica y social que los rodea. La salida del migrante supone dos cosas: reducir la presión social de los hambrientos y desesperados, por un lado, y, por el otro, la llegada de más y más remesas que le dan sostenimiento al precario equilibrio de la llamada macroeconomía. De las dos formas, la migración se concibe como una solución bienvenida. El migrante, entonces, se convierte en un indeseable que se va, para reciclarse luego en compatriota que trabaja y aporta. La preocupación, entonces, ya no gira en torno a su destino como posible repatriado, sino a su negación como seguro contribuyente de divisas. Mientras veamos el tema migratorio como una solución, no lo vamos a entender nunca como un problema.

Honduras ha sido y es un país de triple condición migratoria. Genera sus propios migrantes, pero también ve pasar a los ajenos por su territorio. Y en el pasado, ha sido receptor de migrantes de países vecinos.

No hay razón para que seamos insensibles e indiferentes ante el drama de los compatriotas y los demás extranjeros que se van a los Estados Unidos desde nuestro territorio o a través del mismo. Somos productores de migración, receptores de repatriación y anfitriones de migración pasajera. Y, además, como si fuera poco, somos beneficiarios de esa especie de programa espontáneo de compensación social en que se han convertido las remesas familiares. La compensación de los pobres y entre los pobres.

País extraño y contradictorio el nuestro. Tenemos migración creciente pero no tenemos una política migratoria. Es decir una política que combine con inteligencia y voluntad la generación de oportunidades, la migración regulada, la reinversión de remesas y el respeto a los derechos humanos de los migrantes, tanto nacionales como extranjeros. En lugar de diseñar y aplicar una política semejante, nos hemos limitado a ser el eco sumiso de agendas extranjeras, privilegiando los intereses de vecinos poderosos por encima de las necesidades de nuestro propio país. Por algo dicen que no hay amo extranjero sin sirviente nacional…

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