Cada día, el tema de las formas de vida en la época de la pospandemia adquiere mayor relieve y despierta los más interesantes y productivos debates. Un grupo de centros de pensamiento (Think Tank por su denominación en inglés), considerados entre los más respetados y serios del mundo, han publicado ya interesantísimos informes sobre este fascinante asunto y se han sumado a un debate mundial en torno a problemas tales como el reacomodo de las hegemonías, el deterioro de los liderazgos tradicionales, la guerra comercial entre China y los Estados Unidos, el rol de la Unión Europea en la nueva configuración mundial, las perspectivas de una rápida recuperación económica, los desafíos del creciente desempleo, el futuro de la deuda y el impacto de la pandemia sobre los flujos migratorios a nivel mundial. Estos, al menos, son algunos de los temas que con mayor consistencia y frecuencia están presentes en las discusiones y los informes de los llamados “tanques de pensamiento” más respetables del planeta.

Leyendo algunos de esos informes, no puedo menos que pensar en lo que sucederá en el tiempo de la pospandemia en nuestro país. ¿Cómo serán las nuevas prácticas laborales en los centros de producción, cómo las relaciones en el vecindario o en los centros escolares? ¿En qué forma modificaremos nuestros hábitos, la rutina tradicional, la obligada disciplina social? ¿Qué haremos para enfrentar los desafíos del abrumador desempleo, el creciente sector informal, el transporte público, la crisis del sistema educativo, el descalabro del sistema sanitario, la epidemia de la corrupción, la inseguridad, la migración… en fin?

Comprendo que el Estado y la sociedad están en estos momentos más preocupados por afrontar el reto del coronavirus que por otros temas o problemas. Lo urgente es salvar vidas y, solo después, poco a poco, ir recuperando una cierta “normalidad” que nos permita habilitar sectores económicos claves, facilitar gradualmente la movilidad humana, recomponer el tejido social y construir instituciones fuertes y ágiles capaces de poner en práctica las lecciones aprendidas y preparar al país para futuros desafíos pandémicos.

Algunas organizaciones de la sociedad civil bien podrían tomar la iniciativa e iniciar desde ya la formación de grupos de reflexión y pensamiento para proponer eventuales soluciones y posibles salidas y perspectivas. Si el Estado se suma y decide aportar su conocimiento y experiencia en el diseño de políticas públicas, tanto mejor. Tendríamos así un esfuerzo conjunto entre la sociedad y el Estado para replantear una visión de país a corto y mediano plazo que sea realista y acorde con las nuevas demandas que nos planteará la fase de la pospandemia.

Recuerdo haber conocido experiencias interesantes en otros países que fueron capaces de rediseñar sus objetivos nacionales luego de sufrir catástrofes naturales de gran envergadura. Casi siempre, una tarea semejante requiere la existencia de grupos interdisciplinarios que reúnan conocimiento suficiente y variado para formular propuestas viables y objetivas.

Economistas, sociólogos, médicos, planificadores, expertos en ordenamiento territorial, maestros en desarrollo y estrategia, arquitectos, ingenieros, entre muchos más. Todos ellos, junto con otros profesionales y diseñadores de políticas estatales de largo plazo, podrían conjuntar sus saberes y construir los escenarios posibles en que deberá existir y sobrevivir la patria hondureña en la época de la pospandemia.

Para conformar grupos semejantes es necesario prescindir de la visión sectaria y partidaria que suele acompañar este tipo de iniciativas en nuestro país. Se debe privilegiar la idoneidad profesional, el conocimiento preciso, la experiencia acumulada, la sabiduría, antes de dar paso al manoseo político por debajo de la mesa, a la zancadilla agazapada, al favoritismo acrítico que concede validez suprema al parentesco familiar o a la militancia partidaria. Aunque sea por esta vez, pensemos más en nuestro país y menos en intereses secundarios y egoístas. Si no lo hacemos, ya se encargará este virus, o el siguiente, de hacernos entrar en razón.

(Por: Edmundo Orellana) Los ciudadanos son los titulares de los derechos políticos, según nuestra Constitución y entre estos derechos está el de “asociarse para constituir partidos políticos”.

El ciudadano tiene derecho a elegir y ser electo. Para elegir debe votar, lo que puede hacer en forma individual, aisladamente, sin pertenecer a ningún partido. Sin embargo, el derecho a “ser electo” lo ejerce si previamente se ha asociado a un partido político, como regla general; se permiten, como excepción, las candidaturas independientes, siempre que se acredite tener una organización de ciudadanos, cuya complejidad varía según la candidatura de que se trate, lo que, en definitiva, impide que este tipo de candidaturas se organicen y, en caso de lograrlo, difícilmente tienen éxito.

El medio para acceder al poder político es, realmente, el partido político. Como toda organización debe constituirse con órganos jerárquicamente distribuidos, de modo que habrá un órgano supremo, que, por su matriz popular y democrática, debe ser deliberativo; debe tener un órgano ejecutivo, que aplica lo que el supremo decida; y cuenta con una réplica de estos órganos en los niveles departamental y municipal.

Su organización se caracteriza por el carácter representativo de sus órganos, para que todos los movimientos internos participantes tengan su representante, en proporción a los resultados de la elección interna.

¿Quiénes asumen esas responsabilidades de dirección en los partidos? Estos están diseñados para que cualquier ciudadano que convenza a los demás de ser el idóneo para ocuparlos, pueda lograr que el voto lo lleve a la dirección municipal, departamental o nacional. De ahí se desprende que el votante debe escoger a quien efectivamente lo represente; es decir, al que sea de su misma condición socioeconómica o la comprenda, para que sus iniciativas sean compatibles con lo que el ciudadano aspira cuando está depositando su voto.

En teoría eso explicaría el porqué y el para qué de los partidos. Esas visiones diferentes de la sociedad y del mundo, explican la existencia de los partidos políticos y para qué sirven lo explica la necesidad de adecuar el entorno político, social y económico a esas particulares visiones. Quien considere que su entorno no debe cambiar, se inscribirá, por lógica, en un partido que propugne preservar la estructura social y económica de su tiempo; quien esté insatisfecho, se inscribirá en el partido que ofrezca cambios y, según sean las expectativas sobre esos cambios, así el ciudadano descontento se apuntará con el partido cuyas propuestas sean más afines a los cambios deseados.

Esta descripción idílica de los partidos contrasta con lo que resulta cuando, en la práctica, se ven los resultados de la famosa frase de que “el dinero es la leche materna de los partidos políticos”. Los gastos de la campaña electoral exceden en mucho la capacidad financiera de los partidos y de cada político individualmente. De ahí que deban negociar y convenir en compromisos financieros que tendrán que honrar, ganen o pierdan; lo que explica el saqueo de las instituciones públicas y los compromisos con narcos para financiar candidaturas.

De esto resulta que a los órganos de dirección de los partidos y a los cargos electivos aspiren únicamente los que pueden financiar, sea con dinero propio o prestado, sus campañas y quienes carecen de recursos participan con lo único que poseen, su voto. Pero, la realidad nos enseña que el votante no necesariamente vota a quien se comprometa a promover iniciativas para impulsar el desarrollo económico y social que le permita elevar su condición económica, social y cultural. Lo que explica por qué, pese a vivir en “democracia”, su condición personal y familiar es la misma o peor, sin importar cuantas veces vota.

Pareciera que sigue vigente la frase de Michels: “La organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes. Quien dice organización dice oligarquía”. Y lo que dijera, quien dirigió el partido comunista más importante de occidente, Enrico Berlinguer: “¡Los partidos políticos ya no hacen política! …los partidos se han degenerado. Los partidos de hoy son sobre todo máquinas de poder y de clientela… gestionan intereses… sin ninguna relación con las exigencias y con las necesidades humanas emergentes… ya no son organizaciones del pueblo… son más bien federaciones de corrientes, de camarillas…”. Un claro mensaje, especialmente para los líderes de izquierda.

Ya que estamos por aprobar la nueva legislación electoral promovamos un sistema que supere lo tenebroso del actual y nos permita modernizar nuestra democracia después del coronavirus. Exijamos, pues, que cambie el sistema electoral para que el voto de todos se respete y participen efectivamente y sin exclusiones en las decisiones políticas para determinar su futuro, diciendo con fuerza: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

(Por Víctor Meza) De colapso en colapso –esa especie de ‘postración repentina de las fuerzas vitales’– va la patria arrastrando fracasos y frustraciones, momentáneos progresos y efímeros avances de dudosa consistencia. Desde las postrimerías del siglo pasado y en las dos primeras décadas del presente, nuestro país ha experimentado una serie de desgracias que van desde catástrofes naturales hasta descalabros institucionales, pasando por el auge indignante de la corrupción, hasta desembocar en esta crisis sanitaria provocada por un virus tan microscópico como letal.

Todas estas crisis, de una manera u otra, han tenido un rasgo común: el colapso momentáneo o prolongado, coyuntural o estructural, de los diferentes elementos que conforman el modelo político, económico y social que los dirigentes locales han diseñado y factores externos han facilitado. El resultado ha sido, en su conjunto, el colapso total del modelo de gestión predominante en el país.

En 1998, ya casi a las puertas del nuevo milenio, un fenómeno natural de proporciones bíblicas, el huracán Mitch, puso en evidencia la vulnerabilidad social, ambiental e institucional del país entero. Los vientos huracanados y las lluvias infinitas destruyeron gran parte del territorio, modificando su geografía física y social, a la vez que mostrando las debilidades intrínsecas del Estado y sus instituciones. Fue un colapso total. En 2009, un grupo de forajidos políticos asaltaron el poder público, derrocaron al gobierno legalmente instituido y sumieron al país en una crisis política profunda, de cuyas consecuencias todavía no nos hemos librado.

Quedó en evidencia el colapso de un sistema institucional que no fue capaz de procesar democráticamente la conflictividad política del momento. Pocos años después, a finales de 2017, el mismo grupo de truhanes, entre civiles y militares, urdieron y llevaron a cabo uno de los fraudes electorales más grandes y desvergonzados de nuestra historia moderna. El resultado inmediato fue la instalación de un gobierno de cuestionado origen y la represión sangrienta de la oposición política. El gobernante impuesto, fruto de una reelección tan ilegal como repudiada, es la mejor prueba del colapso del sistema político electoral de nuestro país.

Entre tanto, en medio de los vaivenes de la ilegalidad y lo ilegítimo, el país fue poco a poco cayendo en las redes del crimen organizado y en la vorágine de la violencia pandillera y delincuencial. El sistema de seguridad pública entró en su fase de colapso general y el Estado degradado inició su camino final hacia el Estado fallido. Como corolario siniestro, el denominado ‘sistema penitenciario’, que en realidad no es más que un archipiélago disperso de islotes llenos de corrupción y violencia, revela en toda su magnitud el colapso del régimen carcelario que predomina en el país.

La evidencia más impactante y dramática de esta serie fatídica de colapsos totales o parciales, fueron las caravanas multitudinarias de migrantes desesperados que, como en un éxodo angustioso, poblaron los caminos migratorios, cruzaron los ríos y enfrentaron los riesgos entre la vida y la muerte, inaugurando así en nuevo modelo de migración colectiva y solidaria. ¡Qué mejor prueba del colapso del sistema político y social que padecemos! Y ahora, como para cerrar el círculo siniestro de condenas y desgracias, nos enfrentamos a un nuevo colapso, el del mal llamado sistema de salud pública, que enfrentado a la pandemia del coronavirus, muestra en su escasez e ineficiencia toda la podredumbre que le corroe internamente, la improvisación de sus responsables y el descuido criminal del Estado con respecto a la salud de sus habitantes. Un colapso más en la ya larga lista de fracasos. Y así, de colapso en colapso, dando traspiés y trastabillando en el camino, se mueve nuestra bovina sociedad, sin encontrar todavía la ansiada ruta de la ciudadanía activa y rebelde que se necesita.

Confidencial HN