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(Por Filiberto Guevara Juárez / Médico) Con el triste fallecimiento de muchas personas en nuestro país por la pandemia COVID-19, muchos dramas familiares no salen a luz pública todavía. Uno de ellos, es el llanto lastimero de niños huérfanos por la lamentable muerte de su madre, su padre, o de los dos.

Y, cuando uno de los dos padres ha fallecido, la vida afectiva y económica de la familia, es trastornada dramáticamente; principalmente en las familias de bajo nivel socioeconómico o de clase media. En el caso particular de los padres que llevaban su sustento, con la exigua ganancia de sus ventas en las calles o los mercados públicos, el drama de los niños huérfanos deberá ser desgarrador.

El gobierno tendrá que ponerle mucho cuidado a eso en la pospandemia, teniéndose que levantar un censo de las familias afectadas, para procurarles algún tipo de ayuda en lo económico y sicológico. En los casos de los que fallecieron en el cumplimiento de su deber, en el campo de la salud y la seguridad pública, también se tendrá que levantar un censo familiar, para poder brindarles ayuda sicológica, y también hacer un esfuerzo gubernamental para darles una bonificación conforme a sus años de servicio a quien haya quedado al cuidado de la familia.

Si es necesario que como país nos endeudemos, eso, debe hacerse, solicitando para ello, la colaboración de los organismos internacionales de crédito y, el Congreso Nacional de la República, tendrá que hacer lo propio al respecto, aprobando una partida presupuestaria especial para tal efecto, la cual debe ser canalizada por una entidad ya existente, o buscando cómo hacer llegar la ayuda económica a los núcleos familiares afectados.

El otro drama oculto de la pandemia es porque debido a los protocolos de estricto cumplimiento, los familiares de los fallecidos por diferentes causas no pudieron darles las honras fúnebres a sus parientes, lo cual hará aún más difícil superar el luto y, por este aspecto se va a tener que brindar más ayuda sicológica en los servicios de salud pública.
El problema de la violencia doméstica debido al confinamiento prolongado ha quedado evidenciado por el incremento desmesurado de denuncias al 911, y lo más probable es que los hogares desintegrados aumenten.

El impacto económico negativo, por la pérdida de miles de empleos, ya comienza a trascender en los medios de comunicación social, ya que son miles las pequeñas y medianas empresas que han tenido que cerrar operaciones, y hasta las grandes empresas se están viendo notablemente afectadas

Así pues, hay un rostro invisible de la pandemia, que está oculto, hasta con ribetes dramáticos, porque los niños lloran de hambre, y por la ausencia del cariño de sus padres fallecidos en la pandemia, o de padres desesperados porque ya no pueden pagar ni los servicios básicos, ni el alquiler de sus viviendas, o las cuotas del préstamo hipotecario, mediante el cual adquirieron sus viviendas.

Dios, nos dé fuerzas para superar la crisis pospandemia en nuestra desventurada Honduras.

(Por Jorge Luis Oviedo) Es una desvergüenza lo que ocurre con las remesas que más de cuatro millones de centroamericanos originarios del Triángulo Norte envían a sus familiares.
Estos migrantes forzados son parte de las numerosas víctimas que produjo el neoliberalismo: ese conjunto de imposiciones productivo-comerciales que han imperado en el mundo durante las últimas cuatro décadas.

Esa divisa extranjera, si bien ayuda a los familiares(pagada en moneda local), queda luego a disposición del sistema financiero y los importadores. Es una realidad perversa impuesta por las políticas que se derivaron del “Consenso de Washington”.

En la década de los Ochenta del pasado siglo hubo conflicto interno en Nicaragua (Sandinismo vs Contrarrevolución); sendas guerras civiles en El Salvador y Guatemala; y una participación directa de Honduras en apoyo a la Contrarrevolución y al Ejército Salvadoreño. Claro, con mucho más que el beneplácito de USA y sus ejecutores regionales: El Comando Sur y la CIA.
Esos conflictos internos de Centroamérica también fueron propiciados por la política guerrista de USA en lo que consideran su patrio trasero. De modo que se vieron obligados a recibir mucho refugiado salvadoreño, guatemalteco y nicaragüense.

Sin embargo, es durante las últimas tres décadas y, en especial, en los 20 años que va de este siglo, que la migración forzada ha sido muy intensa.
Samuel Huntington en ¿Quiénes Somos? (2004), muestra su preocupación por el futuro de la identidad de los europeo-americanos, que aún son mayoría en USA. Pero la preocupación cobra sentido, precisamente por la masiva y progresiva migración de latinoamericanos que experimentó la última década del siglo XX.

Esos millones de migrantes son una respuesta refleja de los más pobres al cierre masivo de emprendimientos familiares: talleres de costura, carpintería, zapatería, ladrilleras, entre otros, que alcanzaría luego industria textil local, farmacias, comidas, etc. Ese es el origen de las migraciones masivas de latinoamericanos.

El Neoliberalismo es una manifestación de la gula económica. Es el exceso de la ebriedad de los que, lanzando bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas, se erigieron en los nuevos señores de Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Y se pusieron más ebrios todavía, cuando se desintegró la URSS (1991).

El protestantismo no podía retractarse y siguió fiel a la bendición de la acumulación obscena de riqueza. De allí el desequilibrio que provocaron las privatizaciones innecesarias, el incremento de los interese en los préstamos a través del Banco Mundial o del BID a Latinoamérica; y la imposición de tratados de «libre comercio», para avasallar totalmente la producción artesanal e industrial a pequeña escala de estos territorios sometidos a las practicas depredadoras europeas (capitalistas) desde hace 528 años.

EE UU vio incrementada la drogadicción (10% de su población es adicta), la reducción de su cacareada clase media, etc. ; y vio cómo la migración forzada de latinoamericanos se incrementó año con año de forma alarmante. Según el censo de EE UU (2019) hay unos 60 millones de latinoamericanos como parte de los 325 millones de población total.  En 2018, Estados Unidos y México, deportaron 196 mil centroamericanos del Triángulo Norte.

Las cifras de deportados son las más precisas. No ocurre lo mismo con la cantidad de personas que logran ingresar ilegalmente a USA cada año; aunque desde las organizaciones de derechos humanos que brindan atención a los migrantes, se estima que cerca de la mitad de migrantes logran cruzar la frontera y quedarse laborando.

La respuesta de la actual Administración es, con más de 2500 años de retraso respecto a China, construir un muro para controlar la invasión de los indeseables vecinos de sus patios traseros. Esos territorios que después que los asolaron los europeos por 300 años, ahora los despoja de todo lo que se pueda, el flamante Imperio (no declarado) de EE UU que, curiosamente, tiene centenares de bases militares por todo el mundo.

Volviendo al asunto principal de este escrito, las remesas, tenemos que el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (CEMLA) estimó que América Latina y el Caribe recibió entre US$93,000 y US$94,000 millones en 2019, bajo el concepto de remesas familiares.

Hasta diciembre de 2019, las remesas familiares de Guatemala sumaron US$10,508.3 millones; las de Honduras US$5,023.6 millones y las El Salvador fueron US$5,650.2. Por su parte, en el mismo período, México recibió US$32,965.2 millones. (Fuente BCR de El Salvador)

Así nos encontramos con que estos expulsados del Triángulo Norte de Centroamérica –víctimas, de la decisión del poder real y permanente de EE UU y las élites locales traidoras– son los que más contribuyen a la captación de divisas.

Sin embargo, los más beneficiados son los grandes importadores de automóviles, cerámica para pisos, aglomerados de madera y otros materiales de construcción; electrodomésticos nuevos y usados; vestimenta y calzado usados; y otras muchas baratijas innecesarias y, además, contaminantes, que provocan más y más desempleo año con año; más criminalidad, prostitución, narcotráfico y más control de la institucionalidad del Estado departe de USA.

Es muy grave que esa divisa no sea usada para mejorar la capacidad productiva de nuestros países, ni el nivel de desarrollo humano de la población en general: mayores y mejores servicios de salud, educación, salubridad, vivienda, etc.

Por el contrario, al ser usada (la divisa) por los grandes importadores regionales, lo que genera es un círculo vicioso y perverso de desempleo, precariedad, migración forzada, criminalidad, pobreza extrema.

Para toda Centroamérica, las exportaciones extrarregionales fueron de USD 22,010.09 millones (2019), y la suma de las remesas de los países del Triángulo Norte es de USD 21,182.1.
Mientras los ingresos por remesas representan un aporte total (100% de beneficio a la población); las cifras de las exportaciones corresponden al reporte de la facturación; de modo que el porcentaje de utilidad o beneficio real para la población es significativamente menor; más allá de que esos dólares contribuyan a la balanza del intercambio.

«En cuanto a las importaciones de bienes totales, estas ascendieron a USD 72,743.2 millones al cierre del cuarto trimestre de 2019. …Las importaciones extrarregionales representaron el 85.8% del total importado …mientras que las importaciones intrarregionales representaron el 14.2% del total importado con un crecimiento interanual del 2.1%» (Fuente, Portal de La SIECA).

Es muy fácil comprender que el déficit comercial de Centroamérica es evidente; pero también queda claro que si las remesas se usaran para favorecer el empleo local e importar realmente aquello que es imposible de producir en nuestros países, las condiciones de la población, aún bajo las codiciosas prácticas capitalistas, sería mejor.

(Por Víctor Meza) La noche anterior, Oscar Turcios y yo, habíamos discutido por una tontería. Una simple violación a medidas de seguridad insignificantes se había convertido en motivo de discrepancia inútil y enojo desmesurado. A lo mejor, los dos teníamos la razón y el problema no debía pasar a más. Sin embargo, durante todo el vuelo, un larguísimo trayecto de casi diez horas,  guardamos silencio y evitamos el diálogo. Una estupidez, sin duda.

Al llegar a nuestra primera escala, bajamos del avión y deambulamos un rato por los pasillos de un aeropuerto, en donde el aire acondicionado no funcionaba. Apenas si lo hacía una máquina expendedora de refrescos, a medio calentar, que exigía monedas norteamericanas para entregar una simple Coca Cola. Yo tenía unas cuantas monedas norteamericanas de 25 centavos, los famosos “quarters”, indicados para obtener al menos una botella de soda. Oscar, discreto y dispuesto a reprimir el tonto orgullo, se acercó y me pidió un ansiado “quarter”. Se lo di, por supuesto, y ahí mismo terminó el absurdo alejamiento.

La siguiente escala era más difícil y arriesgada. Llegábamos a un país en el que los dos no éramos bienvenidos ni  bien vistos y, por lo mismo, debíamos conservar identidades distintas y conductas discretas. Sólo estuvimos ahí dos días, por fortuna. Seguimos hacia Praga, la capital de la entonces Checoeslovaquia, en donde nos esperaba, solícito y siempre alegre y medio jodedor, el poeta salvadoreño Roque Dalton, quien acababa de llegar de Paris, en donde había recogido firmas de intelectuales reconocidos, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y Simone de Beauvoir, entre otros, para demandar la libertad de Carlos Fonseca y sus compañeros, presos en Costa Rica desde 1969.

El viaje debía seguir y la ruta ya estaba trazada: Ginebra, en Suiza;  Gander, en Canadá; Kingston, en Jamaica y, finalmente, en barco maderero, hacia Puerto Cortés, en la lejana Honduras. Ya en Centroamérica, sería más fácil introducir a Oscar a tierra nicaraguense,  a través de la frontera sur que divide a Nicaragua y Honduras. Esos eran los planes, pero el destino era otro.

En Canadá, una tormenta de nieve nos obligó a dormir en Gander, un pequeño poblado que tiene un aeropuerto de recambio y de paso. Conseguimos a última hora una pequeña habitación en la casa de una señora que era más curiosa que servicial. No dormimos, vigilando la curiosidad felina de la dama. Al día siguiente, ya en el vuelo hacia Jamaica, debimos aterrizar de emergencia en un aeropuerto norteamericano por amenaza de un artefacto explosivo en el avión. Para colmo, en el mismo vuelo viajaba la selección de futbol de Yugoeslavia, lo que volvía más riguroso el control y las suspicacias aduaneras.

Por fin llegamos a Jamaica. No sabíamos lo que todavía nos esperaba. Para empezar, luego de instalarnos en una discreta casa de huéspedes, alquilamos un auto sin darnos cuenta que en ese país se conduce al estilo inglés, por la derecha, y no como lo acostumbramos nosotros, por la derecha. Un pequeño y grande  lío.

Pero el verdadero conflicto vino después. Teníamos asegurado un excelente contacto en Puerto Cortes, que nos recibiría y ayudaría a llegar hasta la frontera sur, vecina a Nicaragua. La hija del oportuno contacto, estudiaba en Ginebra y era amiga de nuestros compañeros y aliados. Todo estaba asegurado para un desembarco tranquilo y seguro. Fingíamos ser representantes de firmas farmacéuticas multinacionales, y nuestro contacto, a nivel local, se dedicada a ese mismo rubro.

Sin embargo, a la medianoche de la víspera del viaje, recibimos una llamada de Ginebra ordenando suspender el viaje. Uno de nuestros compañeros, un profesor mitad norteamericano y mitad nicaragüense, embriagado al extremo, se había sobrepasado en sus pretensiones con la  hija del contacto y, ésta, furiosa y decepcionada, había llamado a su padre pidiéndole su rechazo a nuestra llegada y la negación de ayuda.

Debimos cambiar la ruta, el medio de transporte y las fechas de abordaje. Cambio de planes.

Pero, esta ya será otra historia.