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(Por Víctor Meza) Y sí que lo son. Noam Chomsky, el célebre lingüista, pensador y activista social norteamericano, profesor emérito del reputado Instituto Tecnológico de Massachusetts (IMT, por sus siglas en inglés), acaba de acuñar un nuevo concepto, lo que es usual en él, para designar el tiempo actual: “momento de confluencias”, dijo el viejo sabio (es nonagenario), para referirse a esta circunstancia en la que confluyen crisis de todo tipo, generadas o estimuladas por la pandemia del coronavirus en el mundo. A la crisis que nos acerca a la guerra nuclear, Chomsky ha tenido la delicadeza macabra de sumar la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, la económico-financiera, la ecológica y, por supuesto, la política, que vulnera y corroe la democracia. La coincidencia de estas crisis en el tiempo, genera, irremediablemente, lo que Chomsky acertadamente llama el “momento de las confluencias” críticas.

En nuestra Honduras actual, repleta de fisuras y honduras tan profundas como letales, la confluencia de las crisis mencionadas, con la posible y dudosa excepción de la nuclear, es una realidad evidente y presente. El país sufre una crisis sanitaria que refleja, como en la metáfora del iceberg, apenas la punta de la amenaza, mientras la masa gigantesca del témpano permanece bajo la superficie.

La crisis sanitaria ha puesto al desnudo la naturaleza de un modelo fracasado y nocivo, capaz de convertir la salud en mercancía y a los enfermos en “infinitos pacientes”, destinados a permanecer por años en manos de seres inescrupulosos y ambiciosos que transmutan a un enfermo en paciente y, luego, en rubro de ingresos presupuestarios. El paciente, si quiere curarse, debe ser paciente. La salud, si quiere formar parte del bienestar humano, no puede ni debe estar en manos de los banqueros. El dinero y su dinámica multiplicadora, no van de la mano con los dolores, el malestar y las patologías de la gente simple.

Un sistema semejante no puede, aunque lo intente, afrontar con éxito una crisis semejante a la que se deriva de la pandemia del coronavirus. Es un sistema destinado para negociar las enfermedades de la gente y no para curar las patologías de los “pacientes”. Es un modelo para ganar dinero y no para prestar salud.

No son los médicos ni las enfermeras, ni en general los trabajadores del sistema de salud, los culpables del mal manejo de la crisis sanitaria. Tampoco lo es la infraestructura deficiente y obsoleta, ni la burocracia desesperante y tardía. Es el sistema económico y social, político por derivación, que nos tiene sumidos en un estado de inmovilismo y decadencia total. Es el sistema el que paraliza y neutraliza las energías vitales de la sociedad, las distorsiona y reprime. Es el modelo político, social y económico el que nos asfixia a la mayoría de la población, mientras proporciona oxígeno y alivio a un grupo minoritario y selecto, agrupado en las élites políticas y empresariales, militares y religiosas que se benefician del estado actual en que se encuentra este país.

El estado actual de Honduras no es precisamente uno envidiable y estimulante. Somos o seremos muy pronto considerados como un Estado fallido. Por el momento, las instancias internacionales de evaluación nos consideran uno degradado, a punto de convertirnos en fallido, cerca ya del abismo inevitable. A eso nos han llevado los supuestos líderes políticos que dicen conducir los destinos del país. A eso hemos llegado.

¿Qué hacer ante una situación semejante? No es fácil la respuesta, como difícil es la pregunta. El destino del país está frente a nosotros. ¿Avanzamos o retrocedemos, nos conformamos con lo que tenemos o luchamos por cosas nuevas y salidas novedosas? ¿Nos resignamos o nos rebelamos? En nuestras manos está el destino del país. Como escribió el gran  humanista Albert Camus, “el verdadero hombre rebelde, es el que dice no”.

(Por: Edmundo Orellana) Por mandato constitucional, son representantes del pueblo y, ciertamente, lo son, porque, su única función es ejercer, colegiadamente, la función de legislar. Ninguna relevancia jurídica tiene esta investidura aislada de la asamblea legislativa, porque carece de funciones individuales fuera de esta.

Abordar el tema de los diputados inevitablemente nos conduce al debate sobre la representación política, cuyos orígenes estuvo marcado por las disputas de poder entre el rey y el parlamento, entre quienes, partiendo de las ideas religiosas de que hay “verdades absolutas” que no todos pueden comprender, reconocían en las “verdades políticas” los mismos atributos y reservaban su conocimiento a una minoría selecta, y aquellos que, si bien coincidían en la existencia de esas verdades, reconocían que su conocimiento pertenecía a todos y no a una minoría de iluminados.

Debate que alcanzó extremos violentos cuando rey y parlamento coincidieron en el fanatismo (religioso o político) y se tornaron intolerantes con las creencias distintas a las suyas, convirtiendo en enemigos del común a quienes las profesaban, persiguiéndolos, encarcelándolos, torturándolos y ejecutándolos.

Esta circunstancia condujo el debate al tema de la legitimidad del gobierno en el que su parlamento se somete sumisamente al rey, lo que permitió que surgiesen propuestas tendientes a evitarlo, entre las cuales se destacan igualdad ante la ley, libertad religiosa, garantía de las libertades personales y, muy especialmente, la soberanía del pueblo y el sufragio universal.

Inicialmente, el sufragio universal comprendía únicamente a quienes poseían tierras o patrimonio, tendencia que privó en nuestras primeras constituciones, bajo el entendido de que los propietarios garantizaban la estabilidad social porque eran los únicos con “intereses permanentes” en la sociedad. De ahí, que, si se reconocían los derechos políticos a todos, habría que reconocer también otros derechos, como la alimentación, el vestido, la tierra, etc.; en otras palabras, reconocer a todos los derechos políticos era propiciar la destrucción del orden social. Línea de pensamiento que, por consiguiente, llevaba a la imposición de las mayorías.

Era también objeto de debate el papel de los electores después de las elecciones, lo que planteaba el problema de quien es el “depositario último del poder”. Las opiniones se dividieron. Lo es el parlamento, sostuvieron unos, porque lo integra el pueblo; lo es el pueblo, respondieron otros, quien ostenta una autoridad muy superior al parlamento porque encarna la soberanía. Aquellos negaban al pueblo toda autoridad política sobre el parlamento; estos, en cambio, reconocían la necesidad de que los representantes estuviesen sujetos al control del pueblo quien debe tener el derecho de castigar a quienes traicionen su confianza.

Este último debate, planteó la necesidad del juicio político, los mandatos más cortos y la prohibición de la reelección, entre otros.

Como puede ver el amable lector, estos temas debatidos allá por los años de 1600 y 1700 en Inglaterra -que describe el profesor Gargarella, al que hemos seguido en esta reflexión- siguen vigentes en el debate político nacional, desde una perspectiva pedestre, por supuesto, y todos referidos a la representación política, es decir, a la figura del diputado.

Esa cualidad política que ostenta aquel a quien el elector favorece con su voto para que lo represente, es, probablemente, la más importante investidura de todas cuantas confiere directamente el pueblo. Colegiadamente, tiene un poder que no reconoce límite siempre que se apegue a las formas y formalidades previstas en el ordenamiento.

Pueden reformar la Constitución salvo en aquello que esté prohibido, sin embargo, tienen la llave para que el pueblo remueva la prohibición, dando paso al plebiscito, como en el caso de los pétreos, por ejemplo. Nombran a los titulares del Poder Judicial y a los de los órganos extra-poder y pueden removerlos, incluso al Presidente de la República, mediante el juicio político. Deciden políticamente la orientación de la justicia, emitiendo leyes que los jueces deben aplicar obligatoriamente y, además, pueden ampliar nuestra esfera jurídica e imponer restricciones a nuestros derechos. En suma, pueden reconstruir el Estado y la sociedad; el diputado es la figura más importante del universo político.

En estas próximas elecciones demostremos que somos la especie que nos distinguimos de las demás porque nuestras actuaciones no están presididas por los instintos sino por la razón. El país está en riesgo, no juguemos con su futuro, que es el de nuestros hijos, nietos y demás descendientes. Si botamos el voto porque se lo dimos a quien nos defraudó, no repitamos la estupidez diciendo con fuerza: ¡BASTA YA!

(Por Jorge Luis Oviedo) ¿Por qué es conveniente saber quién gobierna a los que son electos para legislar o tomar decisiones a nombre de toda la comunidad local, nacional e internacional?

Porque el poder es fundamentalmente toma de decisiones que afectan o benefician a los integrantes de un Estado.

La práctica demuestra que favorecen bastante a una reducida minoría y, afectan (y mucho) hasta el 90% de la población, es decir, a la inmensa mayoría, en repetidas ocasiones.

En la actualidad, los países con Gobiernos de Partido Único, son los únicos que ejercen el poder de forma visible. Y, debido a que deben asumir el riesgo de las consecuencias, tratan de equivocarse, lo menos posible, en su búsqueda y alcance del bien común.

No pasa lo mismo con los Gobiernos que resultan de una elección en la que, los candidatos, se ofrecen de la misma forma que las curas mágicas o del modo que, en algunas religiones, se promete una vida espléndida después de la muerte: calles empedradas en oro y ríos por los que corre, en abundancia, leche y miel.

La mayor parte de esos candidatos deben sacar de sí, el actor que llevan dentro, según sus asesores de imagen:

«…metido con unas enormes botas de hule, micrófono en mano y siempre viendo a la cámara, sonriente y sin perder la pose de estadista que sus diseñadores de campaña, aseguraban, tenía, y con la mirada buscando calar la conciencia ciudadana, pidiéndole a las lavanderas el voto, a tiempo que sacaba un jabón del color de la bandera del partido, fabricado, decía la oposición, por uno de los principales accionistas de su campaña y dueño de varias fábricas de jabón, entre otras cosas; mientras sacaba una bolsita de la alforja, a la que llamaba la alforja de la abundancia, pues aseguraba que cuando él fuera presidente: mis compatriotas tendrán de todo en abundancia; si quieren maíz, tendrán maíz y sacaba de la alforja una bolsita de harina de maíz; si quieren azúcar, encontraran azúcar y extraía de la alforja una bolsita con azúcar…»*

Y, por otra parte, esconder sus deseos y manías que puedan alejar a los potenciales votantes:

«–Y voz, mi amor– a una muchacha de minifalda, cuyas piernas divisó a la distancia y le despertaron su tigre interior. Un cosquilleo le recorrió las entrañas desde los pies hasta las orejas, y dejó esperando a más de veinte curiosos de la fila, que deseaban estrechar su mano.

Que buena está esta está puta, a esta le consigo chamba en el Comité Central del Partido, puede servir para la sonrisa y para otras cositas más, que piernamenta se carga, y nada estropeadas; si ésta fuese de clase media, ya sería un culo de exportación; hay que rescatarla de las garras de la miseria, tengo que hacer esa obra de caridad, ¡cómo que no!

–Yamilet, abogado.

–¿Y me vas a dar una sonrisa junto con tu voto Yamilet?

Ya-mi-le-ti-ta.

Y la muchacha mostró, más que la sonrisa humillada con que complació al Unificador, la caries de su dentadura, que trató de ocultar, sin mucha convicción, cubriéndose con la mano a destiempo.

Pero primero te tengo que remitir a las odontólogas del partido y mandarte a hacer una prueba detectora del Sida, pero que bueno tenés el resto, Ya-mi-le-ti-ta.

–¿Y dónde vivís, Yamilet?

Allí te voy a mandar un mandadero o un majadero que es lo mismo, ya vas a ver para que mirés, como decía Cantinflas, y cómo te haré mover esa cinturita bailando la cumbia horizontalmente, y ¡qué buenas pantorrillas, firmes, duritas…! de mujer de trabajo, no que no, cómo que no, esta polla es mía, ya verás Yamilet como nos unificamos a ritmo de cumbia o de punta garífuna”.

–Aquí cerca, abogado.

Hay que disimular.

Pero los ojitos de sátiro casi se le salían, al Unificador, y su mirada de resonancia magnética, más avanzada que la de rayos x de Superman, uno de sus favoritos héroes de historieta, le atravesaban la blusa que vestía la muchacha, ya raída y transparente; además le quedaba apretada, pues los botones, parecía que en el menor descuido saldrían disparados.

Que buenos pechos, firmes y bien formados y ojalá que poco manoseados… Juventud divino tesoro te vas para no volver, a veces cojo cuando puedo y otras veces cómo no voy a querer; y a esta se la tengo que meter. Si soy pueta y bien hijuepueta.

–¿Y ya tenés tu tarjeta de identidad, Yamilet?

Y ella sonriendo, pero sin mostrar los dientes ante la insistencia del candidato.

–Todavía no, Abogado.

“Aquí está la luz, se la remito a Mario. Cuidado me comés el mandado Marito, porque te lleva san Putas Tadeo.

–Pues llégate al comité Central y preguntás por Mario Irías Recarte, solo tenés que decirle que ya hablaste conmigo.

“Para gato viejo, ratón tierno, esto es lo bueno de ser hombre importante, un voto y un culito más. ¡Viva la campaña electoral, jodido! Conservámelo bien, mamacita.

–Dios te bendiga, mi amor.

No vayan a pensar mal estos majaderos, sátiros sin porvenir, si es que piensan… No tenemos futuro con estas calañas, estamos condenados a seguir en el estercolero, qué puede esperarse de estas caras, por ejemplo, aquella vieja tiene una cara de bruja que ni las originales, y este pelón de acá solo le falta rebuznar; y este otro, no solo tiene aspecto de delincuente, sino que es capaz de matar a cualquier cristiano del susto, realmente que Dios no les tuvo consideración; cómo se equivoca uno, yo siempre había creído que era un país con gente hermosa, pero eso me pasa por solo reparar en la gente de mi clase, qué desarrollo y qué ocho cuartas podemos alcanzar, solo importando gente tal vez, como hicieron los argentinos en su momento, como el Faustino Sarmiento despreciaba la indiada, pero estos están peor, son en el mestizaje más bastardo que nos dejaron… Unos tienen cara de locos; otros, la tienen de delincuentes o de asesinos; otros, de sátiros y este montón de viejas no llegan ni a putas solapadas y una que otra de puta arrepentida y feas todas como una patada en los huevos… Tito Livio y Cicerón se morirían de ver estas calamidades humanas, dame fuerzas, Señor, concentración, Roberto, en la mente está el poder, fuerte esa mirada, contundentes esas expresiones, así quieren los ahuevados, que los traten como basura, pues se conforman con espejos y confites.

–¿Y vos como te llamas?

Vieja más hedionda, seguramente donde vive no sube el agua o es comadre con el preciado líquido, pero debería echarse limón en los sobacos, a qué horas se me ocurrió abrazarla para que moviera ese hedor que bien estaba en reposo bajo su axila.

–Juliana, General.

¡Ve, qué tarada la vieja!

–No soy general, Juliana, soy abogado.

–Es que es lo mismo, Licenciado, yo siempre me confundo.

–¿Y me vas a dar el voto, en eso no te podés confundir?

_Pues lo voy a pensar.

–No lo pensés tanto, recordá el adagio popular: el que mucho escoge, lo peor coge.

Además, que de seguro lo que tenés en ese cerebro no es materia gris, sino «caquevaca», vieja tufosa.» **

Deben aparentar don de gente, incorporar una mirada cautivadora, fingir abrazos solidarios, sonreír con naturalidad; y mentir, mentir con convicción; mientras reciben, de los oligarcas, considerable y sometedoras aportaciones monetarias. Y algunos elogios verbales en el que más de un oligarca exalta la visión, la condición de estadista, el beneficio que su Gobierno futuro dará al país, la paz, la prosperidad, la atracción de inversión extranjera, la garantía de seguridad jurídica y toda esa terminología eufemística bajo la que se esconde el despojo sistemático de la mayoría.

Los que GOBIERNAN DE FORMA PERMANENTE, a los que son electos para gobernar formalmente de manera periódica y visible, no están dispuestos a ceder el poder; pueden hacer concesiones. Lo han hecho en más de una ocasión.

Para el caso, en los países hegemónicos, se redujo la jornada laboral, se otorgó el derecho al voto a los analfabetos, a las mujeres y a grupos segregados (aunque fue usado también para sacar ventaja a través de la radio, la televisión y todos los medios de difusión y entrenamiento bajo su control que han ido apareciendo); permitieron la sindicalización, la inversión del Estado en áreas estratégicas; pagar el impuesto a la riqueza ya bien entrado el siglo XX.

No es que lo hayan hecho de buena gana, como, cuando se complace a los hijos. Fue, debemos recordarlo siempre, después del sacrificio de los obreros a través de las huelga y toma de fábricas ( en los primeros tiempo de la Revolución Industria, incluso se quemaron o destruyeron las fábricas), en ocasiones se llegó, como en París a organizar una Comuna en 1871)y en varios lugares, a de las revueltas populares generalizadas o a rebeliones armadas de clase que, en algunos casos, derivaron en Revoluciones.

Por cierto, es pertinente señalar, que el otorgamiento del derecho al voto a los analfabetas y a las mujeres en la mayoría de países ocurre después (y solo después) de dos grandes Revoluciones: la Mexicana y la Bolchevique. En ambas se hicieron cambios estructurales importantes en sus primeras décadas. Cada una con sus características particulares. Pero dada la repercusión de los sucesos en los colectivos obreros del resto del mundo, en Estados Unidos fue uno de los primeros países en otorgar el derecho al voto a la mujeres. Significaba que el otro 50% de la población blanca adulta (pertenencia, en su mayoría, de sus maridos) se sumaba para votar a favor de esos candidatos de la oligarquía.

En esas dos revoluciones, además de los obreros, participó mucho profesional (de las denominadas profesiones liberales tradicionales) maestros, artesanos y profesionales universitarios. En el caso mexicano, la participación campesina, en su mayoría de pueblos originarios, fue también importante.

El otro aspecto a puntualizar, en este sentido es que, también, ocurrió después (y solo después) de que las primeras emisoras de radio ya se habían hecho populares y habían pasado a control oligárquico. Se había apreciado el impacto de su influencia en la mayoría de la población, especialmente aquella de menor escolaridad o analfabeta. De igual modo, por estar las mujeres, en su gran mayoría, recluidas en el hogar.

El derecho al voto se le otorgó a las mujeres en EE UU en agosto de 1920, al ser ratificado oficialmente; en Francia hasta l945; y en muchos otros países después de 1950. En el caso de la minoría negra, se lo otorgó ese derecho 1965 en Estado Unidos. Ese país que suele pregonar tanto la Libertad, en realidad, se la negaba a la gran mayoría; y esto que se la representa, sobre todo en Nueva York, con figura de mujer.

En los años veinte del siglo XX, Edward Bernays se convierte en el primer teórico de la propaganda. Por cierto, una campaña publicitaria diseñada por él, convertiría en fumadoras a las mujeres de Estados Unidos, y en multimillonarios a los principales dueños de la industria del tabaco.

Está claro, entonces, que los oligarcas juegan con el balón adelantado, con diez o más cuerpos de ventaja, si se tratara de una carrera de caballos.

Esto es así porque concentran la riqueza y concentran el poder de manera invisible. Se esconden en las Sociedades Anónimas; y, en consecuencia, son los dueños, en casi todas partes de:

La industria militar, industria farmacéutica, la industria pesada, la industria de utensilio y equipos domésticos y de entretenimiento familiar;

Controlan la construcción, venta y alquiler de viviendas; controlan la generación de energía convencional y renovable; controlan la producción de alimentos, su industrialización y comercio;

Cotrolan la emisión, circulación y poder adquisitivo del dinero con el mito de la mano invisible del mercado; por tanto, controlan el empleo.

Sin ser dueños del espectro radioeléctrico, controlan la radio, la televisión, es decir, Industria Comunicacional con su propaganda sistémica, entretenimiento audiovisual; controlan la Internet, controlan la inteligencia artificial,

Son los que financian a conveniencia candidatos a diputados, alcaldes, senadores y presidentes, bajo el mecanismo de comprar el 95% o 99% de los boletos de la lotería electoral; y así,

Controlan el tiempo y el pensamiento de la gran mayoría. Sin embargo, entre sí, no han podido controlar sus compulsivos deseos de lucro.

Por eso hay algunos que están dispuestos a devolver más de lo que nos despojan a todos (con el nombre de ganancia o plusvalía) a través del impuesto a la riqueza.

Los que Gobiernan a los que gobiernan, son, pues un pequeño grupo de oligarcas multimillonarios, en algunos casos son, aproximadamente, la cienmilésima parte de la población; y son invisible en el quehacer político formal; pero son sus DECISIONES tomadas con «premeditación, alevosía y ventaja, las que se imponen a través de sus testaferros intelectuales que, una veces son sus recomendados para ocupar cargos como Secretarios de Estado, Jueces de Supremas Cortes, etc.

Así, pues, las decisiones formales y legales son convertidas en Ley y son ejecutadas, finalmente, por los gobiernos electos; pero contra la voluntad y el interés de la gran mayoría de esos electores.

El malestar de los sectores afectados (a veces el 80% de la población) se expresa, entonces, contra el Gobierno de turno.

En tanto los que Gobiernan a los que «Gobiernan», comienzan a fabricar nuevos candidatos convenientes a sus intereses y, por lo general, a través de los medios de comunicación, destruyen al gobernante que va de salida (hacer leña del árbol que ya dio su cosecha). Misión cumplida.

* Novela EL Candidato de 1993.  

** Novelista y catedrático universitario.