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(Por Víctor Meza) Los plazos electorales, en sucesión inevitable, van agotando el tiempo del que disponen los actores políticos para cumplir con las metas del proceso electoral ya en marcha. Se comprueba, una vez más, que el tiempo político de los partidos no es igual al tiempo histórico del país. Mientras el primero se gasta y se desgasta en negociaciones tan interminables como inconclusas, el segundo se agota y desperdicia a pesar de las urgencias que tienen la sociedad y el país en su conjunto. Conclusión: la mayoría de los dirigentes políticos actuales viven su presente partidario de espaldas al futuro del país que pretenden gobernar. Están fuera del urgente tiempo histórico, atrapados en el inmediato tiempo político de sus minúsculas ambiciones cotidianas.

Mientras los plazos se vencen y las prometidas reformas se posponen para tiempos indefinidos, proliferan por doquier los nuevos partidos políticos y las tendencias, facciones o movimientos que abundan al interior de los partidos ya existentes. Algunas de las nuevas agrupaciones políticas han logrado ya su inscripción legal en el Consejo Nacional Electoral. Han cumplido con los requisitos que establece la Ley y, por lo mismo, están en su pleno derecho para participar como partidos políticos nuevos en el torneo electoral que ya ha comenzado. Otros grupos solamente han anunciado su intención de inscribirse y, aseguran, están trabajando para recoger las firmas necesarias y cumplir con los demás requisitos legales. También tienen derecho a ello.

La inscripción de los llamados “partidos pequeños” o “agrupaciones políticas emergentes” ha generado un intenso debate entre los actores políticos, a tal punto que se ha convertido en uno de los temas clave y puntos centrales de la discusión en torno a la reforma del sistema político electoral hondureño. El meollo de la cuestión tiene que ver, en lo fundamental, con el reparto de la generosa deuda política que el Estado distribuye entre los actores del torneo electoral. Como suele suceder, nunca faltan los avispados pillos que ven en la creación de nuevos partidos la afortunada oportunidad para agenciarse unos cuantos millones de manera fácil y, de paso, conseguir canonjías y posiciones discretas a la sombra del partido ganador y a cambio de sus escasos votos en las urnas o en la cámara legislativa. Hacen “oposición” para alcanzar “posición”.

La Ley debería regular con rigor y precisión la forma en que surgen y se inscriben, participan y reciben deuda política, estas agrupaciones artificiales, en donde unos cuantos delincuentes de la política se aprovechan de los vacíos de la legislación para enriquecerse con los dineros públicos. Hay que ser severos y contundentes con estos sinvergüenzas.

Con los llamados Movimientos, fracciones o tendencias que pululan al interior de los principales partidos políticos, la situación es un tanto diferente, aunque también aquí sucede que abundan los aprovechados de siempre que dicen crear un grupo organizado para disputar posiciones y privilegios en el reparto de las candidaturas a cargos de elección popular. Se reúnen tres amigos, celebran una asamblea en una cabina telefónica y proclaman, con aires de victoria pírrica, que se han conformado como tendencia o fracción política y que, por lo mismo, aspiran a figurar en las planillas de candidatos. Son tantos y tan variados que, a veces, uno acaba dudando sobre la autenticidad de sus diferencias. Las siglas que los identifican conforman una original sopa de letras, con frecuencia indescifrable y hasta divertida. Abecedario laberíntico que esconde detrás de cada letra la malsana intención de sus promotores e “ideólogos”.

De esta forma, la proliferación de los partidos y movimientos puede ser apenas una forma encubierta de retroceso político y no una señal de avance y democratización en el sistema electoral hondureño. Detrás del falso multipartidismo inducido, bien podría ser que se esconda un verdadero intento por afianzar y consolidar el tripartidismo verdadero. Se trataría de una falsa democratización. Ojo con eso.

(Por Filiberto Guevara Juárez) Estimada persona que lee el presente artículo de opinión pública, quizás su título le parezca muy poco común, no obstante, tiene que ver mucho con la bellísima parábola de nuestro Señor Jesucristo: *Los trabajadores de la viña*. Así pues, para su mejor comprensión, los invito a que lean toda la parábola, para que, con la ayuda del Espíritu Santo, nos aproximemos un poco más a la comprensión del texto bíblico: “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.»

Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.»

Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.» (San Mateo 20:1-16). Resulta que, el Señor dueño de la viña (Dios), en un mismo día, contrata verbalmente para ir a trabajar en su viña, a jornaleros, en cinco tiempos: en la mañana, al despuntar el día, a media mañana, al mediodía, a media tarde y por la tarde, casi al final del día. Resulta interesante que, en esos tiempos, el patrono estaba obligado, según la costumbre de la época, a pagar un salario de un denario al día, es decir, desde que amanecía, hasta que, aparecían las primeras estrellas y, como referencia de ello, se tenía el salario de un soldado legionario romano, de un denario al día.

Es bueno, fijarse en el detalle ,que el capataz por mandato del dueño de la viña, comienza por pagarle a los que fueron contratados por último, los cuales recibieron un denario, y por último, se les paga a los primeros que han sido contratados, los cuales esperaban una mayor paga, no obstante, no resultó así, es por eso, que se quejan contra el dueño de la viña, diciendo:» Estos últimos han trabajado sólo un rato y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor». Pero Él respondió a uno de ellos: amigo no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si Yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío?…¿O es que tienes envidia porque Yo soy bueno?. Así los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.

Todo es interesante: lo de la justicia, lo de la bondad de nuestro Padre celestial, lo de los últimos serán los primeros. No obstante, es bueno poner mucha atención a la temática de la envidia, porque dicha temática recorre toda la Santa Biblia. Recordemos que, por envidia Caín asesinó a su hermano Abel; por envidia, los hermanos de José, hijo predilecto del Patriarca Jacob, vendieron como esclavo a su hermano José; por envidia los religiosos de su tiempo, entregaron a los romanos a nuestro Señor Jesucristo, para que fuera crucificado. A ese respecto, el Evangelista Marcos nos narra lo siguiente: “En la fiesta de la Pascua, Pilato concedía la libertad a un preso, el que le pidieran. Había entonces un preso llamado Barrabás que, junto con otros sediciosos, había cometido un asesinato en un motín. Cuando llegó la gente y se pusieron a pedir a Pilato que hiciera como tenía por costumbre, Pilato les contestó:

— ¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?

Pues se daba cuenta de que los jefes de los sacerdotes se lo habían entregado por envidia.” (San Marcos 15: 6-10). Así pues, si la envidia como un defecto deleznable en el ser humano, lamentablemente, está presente en las naciones, también. Es quizás por eso que nuestro ilustre escritor Alfonso Guillén Zelaya, en su memorable Ensayo: *Lo Esencial*; nos dijo, lo siguiente: “Nadie envidie a nadie, que ninguno podrá regalarle el don ajeno ni restarle el propio. La envidia es una carcoma de las maderas podridas, nunca de los árboles lozanos. Ensanche y eleve cada uno lo suyo; defiéndase y escúdese contra toda mala tentación, que, si en la palabra religiosa Dios nos da el pan nuestro de cada día, en la satisfacción del esfuerzo legítimo nos brinda la actividad y el sosiego.”

No existe envidia buena, toda envidia es maligna, lo que se debe tener es admiración por los dones o talentos que Dios le ha dado a cada persona, y estar dispuesto a colaborar con ella para el desarrollo de dichos dones y talentos. Sólo de esa manera vamos avanzar individual y colectivamente como nación. A los envidiosos los encontramos en todos los campos del quehacer humano. No obstante, lo que más nos hace daño como nación, es la envidia entre los políticos, ya que su decisión afecta a todo un Estado. Si ellos se despojaran de su mezquindad y envidia, podrían cooperar entre ellos para que avancemos en el desarrollo socioeconómico. Ese digno ejemplo, podría ser emulado por el resto de nuestra nación.

Por todo lo anteriormente expresado, es de esperar que en la medida en que vayamos superando como nación el defecto de la envidia; seremos más solidarios y cooperantes entre nosotros.

(Víctor Meza) Es incómodo, a veces, recordar. Ofendes a las personas, les alteras sus pensamientos y, sobre todo, les remueves el alma. Uno no debería hacer esto. Recordar, a veces, es un poco sufrir. Traer al presente cosas del pasado que te disgustan o que, al revés, te agradan. Recordar es algo así como volver atrás y poder reconstruirlo todo de nuevo, ¿cierto?

Un día, había abordado yo, presionado por las autoridades soviéticas para abandonar su territorio, un avión de Aeroflot en Moscú para volar a Suiza. Luego, se suponía, debía tomar un avión de Pan American hacia Panamá y, después, un vuelo regional hacia Tegucigalpa. Decidí quedarme en Suiza. Llamé al sociólogo nicaragüense, Oscar Vargas, y le pedí apoyo. Me fue a traer al aeropuerto y me quedé en Ginebra.

Oscar, cordial como siempre, me dijo: de haber venido ayer, me habrías acompañado a una fiesta en honor de tu ministro de economía; su hermana, nuestra amiga, vive aquí en Ginebra y le organizó un coctel. Luego le acompañamos a la estación y cogió el tren a Zurich. Qué pena, me dijo, que llegaste un día después desde Moscú. Era el mes de septiembre de 1974, tiempo del huracán Fifí y de los sucesos que luego terminarían en el soborno bananero.

Debo decir, con tranquilidad segura que, en ese momento, no me preocupó la ausencia del ministro, pero recordé el hecho. No lo olvidé. Volví a Tegucigalpa en el último avión que aterrizó en Toncontín a mediados de septiembre de 1974, en pleno huracán Fifí. Siempre recordé el incidente de Ginebra y me dediqué a mis asuntos universitarios.

De repente, en abril, el día 08, del año 1975, el diario norteamericano Wall Street Journal, publicó la impactante denuncia: un funcionario del gobierno hondureño habría recibido una millonaria suma, en calidad de soborno, para bajar el impuesto de las exportaciones bananeras. El director gerente de la United Brandas, Elly Black, se había suicidado, cuando las autoridades fiscales norteamericanas habían descubierto el fraude.

El gobierno hondureño, presidido por el general Osvaldo López, creó, de inmediato, una Comisión Investigadora, la que fue encabezada por el Rector de la Universidad Nacional Autónoma, Jorge Arturo Reina, quien tuvo a bien nombrarme asesor de la misma Comisión.

No hace falta decir que, de inmediato, recordé los eventos de Ginebra. Le conté a Jorge sobre el coctel de la hermana del ministro, al que, por desgracia, no pude asistir, pero al que habían asistido mis amigos y personajes clave como el diputado suizo socialista Jean Ziegler, quien, según Oscar Vargas, estaría muy dispuesto a declarar ante la Comisión Investigadora hondureña. Las evidencias estaban en la mesa. Era evidente quienes eran los culpables.

La Comisión viajó a Suiza y se encontraron con la sorpresa de la negativa de los bancos a abrir ciertas cuentas. Jorge me llamó desde Ginebra para encontrar al pequeño canalla, con la ayuda de los cuerpos de seguridad del Estado, que negaba la autenticidad de su firma. Recuerdo que uno de los jefes de inteligencia era el coronel Hubert Bodden Cáceres, con la ayuda del cual buscamos y encontramos a ciertas personas que, a pesar de haber firmado sus Poderes legales ante nosotros, testigos autorizados, se negaron a permitir la revisión de sus cuentas y no reconocieron ante el gobierno suizo la autorización concedida en Honduras.

Estos son los hechos, compatriotas, tal y como en verdad sucedieron, Es tiempo ya de conocer nuestra verdadera historia. En las bóvedas del Banco Central deberían estar guardados los archivos reales de toda esta tragedia. En ese lugar deberían guardarse los datos, los interrogatorios, las entrevistas y toda la información recopilada en torno al soborno bananero. Esa es la verdad.